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Lunes, 8 de junio de 2015
EL COLOR DE LA MAÑANA

Amigos que nunca fallan

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Allí estaba. Tumbado en aquella cama de hospital y en aquella habitación. Mirando hacia la ventana que daba al exterior. Tenía los ojos rojos. Lloraba. No lo hacía por las heridas, no. Lo hacía porque su novia lo acababa de dejar. En aquel momento, le dolía más el corazón y el alma que las heridas que le provocó aquella caída desde un tercer piso. No llevaba puesto el arnés y un mal viraje le hizo caer. Tres costillas rotas y magulladuras varias. Mala suerte. Pero nunca pudo pensar que esa mala suerte se convirtiera en peor suerte. Su novia lo acababa de dejar. ¡Qué poco tacto! Dejarlo cuando más necesitaba su cariño, su amor, sus cuidados. Pudo esperar a que estuviera fuera del hospital, pero tenía prisa por dejarlo. Ahora estaba allí, tumbado, llorando. El médico entró en la habitación.


-Aquí tienes tu alta. Ya puedes marcharte a casa. También te dejo las recetas y las dosis que tienes que tomar durante, al menos, un mes. Pasado ese tiempo te pasas por aquí para ver qué tal vas.
Ni se molestó en mirar al médico. Solo acertó a preguntarle, sin dejar de mirar la ventana, que si tenía alguna medicina para el mal de amores, para un corazón partío. El médico no entendió aquella pregunta.
-No sé de qué me hablas pero acabas de nacer. Has tenido una caída con suerte. Empieza una nueva vida para ti. Aprovéchala. Empieza de nuevo y olvida todo lo anterior. No mucha gente vuelve a tener una segunda oportunidad, como tú.


-Ya… -pensó para si mismo. ¡Qué fáciles se ven los toros desde la barrera!
El médico salió de la habitación y él aprovecho para incorporarse de la cama, no sin algunos dolores. Se quedó sentando un rato y secó las lágrimas de sus mejillas y ojos con las mangas de la camisa. Hasta ese momento no comprobó lo grande que le quedaba aquel maldito pijama de la seguridad social. Le sobraban mangas y en el pantalón cabía perfectamente otra persona. Se bajó de la cama y se dirigió a la ventana. Miró a través de ella. Hacía un día estupendo. La primera se había adelantado.
-¡Qué mal día para cortar!, -dijo en voz alta.
Notó como sus piernas le temblaban. Quizá, podía ser, ¿Por qué no?,  por la fuerte medicación que le habían suministrado en el hospital. No quiso volver a la cama. Hizo de tripas corazón y se metió en el pequeño cuarto de baño de la habitación. Se desnudó y se duchó. Quería quitarse de encima el olor a sudor y a hospital, aunque tardaría en quitarse el olor a medicamento lo que tardara en llegar a casa y volverse a duchar, porque hasta el agua del hospital le seguía oliendo a medicina.


Cuando terminó, veía la vida de otra forma. Aquella agua caliente del hospital, no solo le había quitado el olor a sudor y a sanatorio sino que le cambió un poco el humor. Mientras se vestía, pensó que tal vez el médico llevara razón en que acababa de nacer. Tuvo mucha suerte al caer porque aquél toldo del primer piso le amortiguó en parte la caída. Mucha gente, ciertamente, no volvía a tener una segunda oportunidad en esa jodida vida como él, así es que pensó en aprovechar esta nueva ocasión que le brindaba Dios o quien manejara este cotarro que tenemos liado por aquí abajo.


Metió en el petate todos sus objetos personales y cerró la cremallera. Antes de salir de aquella habitación de hospital, la número 115, la miró como para despedirse de la que había sido su casa durante las últimas semanas. Para nada se acordaba de que, la próxima vez que viera a su ya exnovia, podría ser por la calle, de la mano de “aquella tercera persona” por quien lo dejó. Cerró la puerta tras de sí y se despidió amablemente de las enfermeras que se encontraban en el control de la planta. Mientras se dirigía al ascensor, se encontró con sus padres, que iban a buscarlo. Cuando tan solo los tuvo a cuatro o cinco pasos, sendas lágrimas recorrieron sus mejillas porque, pensó, que a ellos los tendría siempre y nunca le fallarían. Siempre estarían ahí. Para lo que hiciera falta. En cuanto lo vio, su madre se fue hacia él y lo abrazó con todas sus fuerzas.
-Mamá, por Dios, mis costillas.


Pero la madre, quizá por la condición de serlo, notó en la cara de su hijo que había algo más doloroso en su alma que en su cuerpo. Notó que algo no iba bien, pero antes de que nada pudiera preguntar su hijo se adelantó.


-Esta mañana, temprano, ha estado aquí Raquel. Me ha dejado por otro.


-No importa hijo mío… -contestó la madre…, nosotros  siempre estaremos aquí. Para lo que quieras y te haga falta. Ya sabes que nunca me gustó para ti. Pero no te preocupes, que hay más mujeres. Ahora, lo importante es que te recuperes. Vamos a casa.


El padre, en tanto, contemplaba la escena en silencio, viendo como su mujer abrazaba a su propia calcamonía, pues aquel hijo era igual que su madre, pero en varón.
Así, se fueron pasillo adelante con la seguridad y la certeza de que el hijo tendría siempre ahí a sus padres.

 

 


                            Rafael Castellanos Solana

 

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