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Biblomancia
Martes, 10 de mayo de 2016
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¿Cuál es nuestro futuro?

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¿Cuál es nuestro futuro?

 

Cada vez resulta menos extraño que muchos de nuestros niños que inician lo que se llama “adolescencia” comiencen a cuestionarse sobre su situación actual en la vida, sobre sus deberes y derechos; y he dicho bien, actual, pues por lo que sí que no van a preguntarse es sobre su futuro. A ellos les interesa el “aquí” y el “ahora”, el momento presente en el que se hallan inmersos y desde el cual no ven argumentos lo suficientemente sólidos o, bástese positivos, para mirar hacia el futuro que les depara.

Tras ver esto cada día, yo me pregunto: ¿cuál es el motivo de su desidia?  ¿Por qué se encuentran en ese estado constante de pasividad y aburrimiento? ¿Tanto ha cambiado la sociedad y la educación desde que yo era como ellos e iba cada día a clase? Tal vez porque yo fuese muy buena o tal vez porque la sociedad así lo planteaba, yo no recuerdo tener que preguntarme el por qué estudiar, por qué motivo sacar buenas notas o simplemente comportarme adecuadamente en clase. Sin embargo, los adolescentes que acuden cada día a clase sí que se lo preguntan, por no decir que intentar “luchar” contra ello con una actitud bastante inconformista. He de decir que esta actitud no es la que proyectan todos y cada uno de los adolescentes, pero sí la mayoría de ellos.

Ante tales cuestiones y las respuestas dadas, ellos argumentan que parecen encontrarse en una cárcel. Sí, sí, una cárcel; el colegio era cárcel, el instituto es una cárcel (o bueno, el colegio no tanto, ya que jugaban constantemente), y lo que les espera es intentar estudiar mucho para llegar a conseguir un trabajo del que también serán esclavos, por lo que también vivirán en una cárcel y así hasta la jubilación. Los encargados de transmitirles los conocimientos y educarles ejercemos como cancerberos e incluso actuamos a modo de “policías”, a pesar de no haber sacado la oposición; ellos, por lo tanto, son los prisioneros. Se sienten arrestados, bajo custodia obvio, mediante un horario de entrada y salida, unas materias que poco les importan distribuidas en cincuenta minutos que, para ellos, se convierten en suplicios o torturas. No importa qué tipo de metodología lleves a cabo, da igual si copian, realizan ejercicios, escuchan “atentamente”, ven películas o juegan mientras aprenden la semántica de las palabras; es más, puestos a elegir, prefieren copiar para no tener que realizar esfuerzo desmedido y, de esta forma, poder dejar su mente libre a la imaginación y fantasía mientras copian palabras sin sentido que poco tienen que ver con lo que les importa: Snapchat, Instagram, Facebook…

Y yo me pregunto, como ellos hacen, ¿adónde estamos llegando, señores?, ¿tenemos que modificar el sistema educativo para que dé mejores frutos?, ¿es acaso responsabilidad de los padres?, ¿cómo inculcarle a estos adolescentes con hormonas revolucionarias que hay salida dentro de la cárcel, que solo depende de cambiar el ángulo de visión para poder ver más allá del frío suelo y poder mirar por la ventana?

A partir de estos interrogantes incluyo las consideraciones de uno de los adolescentes sobre el tema tratado:

Instrucciones sobre cómo destruir la cárcel

Cuando te obligan a aprender no aprendes, simplemente repites y copias y esperas que no te pregunten a ti, pero la clave es la siguiente: primero, “aprende por gusto”, segundo “enseña al que no sabe” y, tercero y más importante “destruye la cárcel”; pero, ¿cómo? Te preguntarás… Bueno, pues la verdad es que la cárcel está en tu cabeza, tu solito te imaginas que es una cárcel; sin embargo, igual que es una cárcel puede ser un parque de atracciones, la montaña rusa, subir y bajar escaleras y la clase del terror que puede ser la clase de matemáticas perfectamente… No obstante, si lo miras desde esta perspectiva se destruye la cárcel.

               

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