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Rafael Castellanos
Lunes, 3 de abril de 2017
EL COLOR DE LA MAÑANA

AYER SALÍ AL CAMPO

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AYER SALÍ AL CAMPO

 

         Te escribo esta carta porque tengo la necesidad de escribirla y hacértela  llegar porque, de otro modo, no podría decirte tantas y tantas cosas que siento todavía dentro de mí. Lo hago movido, quizá ¿quién sabe?, porque un sentimiento acaso diferente me invade el alma y no podría callarme tanto amor (¿Cómo olvidarlo en tan poco tiempo?) que aún siento por ti y es que ayer salí al campo y me acordé de ti y me subí al más alto cerro que encontré para gritar varias veces tu nombre pero no me oíste, porque el eco se encargaba de devolverme mi propia voz; ayer salí campo para buscarte, pero no te pude encontrar. Miré debajo de piedras, detrás de los árboles, pero nada hubo que me diera señales tuyas; ayer salí al campo para percibir ese olor a primavera que ya se acerca y que me recuerda tanto a ti, pero no te encontré entre las flores; ayer salí al campo para tratar de olvidarte, pero no pude y me quedé regazado a la sombra de un árbol y soñé contigo. Soñé que te tenía entre mis brazos y te besaba, y los verdes prados me recordaron el verde color de tus ojos cuando me mirabas pero me di cuenta de que al verde de los prados le faltaba el brillo y la fuerza que me daban tus ojos, tan verdes y tan bonitos. Cuando me estaba despertando me di cuenta que eras como aire porque conforme iba abriendo mis ojos, te ibas yendo de mi sueño y lloré porque ya no te tengo y las lágrimas me volvieron a llevar a los brazos de Morfeo y volví a soñar contigo y con todo lo que hemos pasado juntos: las broncas, las peleas. Soñé con los buenos momentos que pasamos juntos, con nuestro primer beso, tan cargado de vergüenza como de complicidad; nuestra primera caricia; nuestra primera mirada; nuestra primera cita, nuestra primera vez…

         Reviví todo aquello y lo vi tan claro que parecía todo de verdad; parecía que la historia se volvía a repetir porque te podía sentir entre mis brazos de nuevo y si hubiera estado despierto hubiera jurado que volvía a sentir tu aliento en mis labios que volvían a rozar los míos; que las lágrimas que se escaparon de tus ojos las enjugué con mis manos y al mismo tiempo tú me enjugabas mis lágrimas con las tuyas, con la suavidad de aquellas manos que nunca me hubiera cansado de acariciar; ayer salí al campo y desperté de ese sueño cuando estaba anocheciendo y me puse en camino hacia el pueblo recordando el sueño que había vuelto a tener contigo.

         No quise imaginar ni por un momento que todo aquello, ahora, lo podías estar haciendo con alguien que no era yo; ahora tú eras libre como el viento como yo y podías organizar tu vida de nuevo pero es que no me da la gana imaginar ya tu vida sin la mía ni la mía ya sin ti.

         Levanté la cabeza y, sin pensar, me encontré de pronto en la puerta de mi casa. Entré y me metí en mi habitación; rebusqué entre mis discos y encontré uno que venía a pelo con mi estado de ánimo. El cantante era Joaquín Sabina, que tanto te gustaba, y la canción se titulaba “Así estoy yo sin ti.”

         Me tumbé encima de la cama y decidí leer un libro al tiempo que escuchaba la canción. Cogí el primero que encontré en mi biblioteca y era de otro Joaquín, Joaquín Leguina, y se titulaba “Tu nombre envenena mis sueños.”

         Tumbado encima de la cama, me volví a dormir creyendo que así estabas tú sin mí porque mi nombre te envenenaba los sueños y en este nuevo sueño, sumergido en la canción y en el libro, me repetía sin cesar que si leyeras esto alguna vez, te acuerdes de que, aún, te sigo queriendo.

         Besos…

 

Siempre en mi corazón…

 

 

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