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Rafael Castellanos
Lunes, 10 de abril de 2017
EL COLOR DE LA MAÑANA

CAMBIO DE VIDA

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CAMBIO DE VIDA

 

 

Cuando el olor a gas comenzó a notarse, Fernanda y Paca estaban en el salón mirando la televisión y fue Fernanda quien lo notó primero.

-Oye Paca. ¿No notas olor a gas?

-Pues sí -contestó la interpelada-, ya que lo dices sí. ¿De donde vendrá? ¿De la cocina o de la estufa que hemos puesto en el dormitorio?

-Voy a la cocina a ver, contestó Fernanda.

Y a los pocos segundos Paca escuchó una explosión.

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-Doctor… ¿Cómo se encuentra Fernanda? , preguntó Paca al cirujano.

-Bueno -contestó el médico- le hemos hecho placa de tórax y analítica de sangre y estamos esperando los resultados. Pero lo más probable es que haya que intervenir. Ha sufrido un gran golpe y puede ser que tenga alguna lesión interna, pero de momento le repito que hay que esperar las pruebas.

-Pero… ¿Está muy grave, doctor?

-Ya le digo que hay que esperar las pruebas, pero sí, está muy grave y muy débil. Ha perdido mucha sangre y si hay que operarla, le advierto que habrá que meterle alguna bolsa, -contestó el médico.

-¿Puedo verla? , preguntó Paca

-Sí, puede pasar pero le advierto que está sedada —repuso el médico.

-Bien, doctor, muchas gracias -inquirió Paca.

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-Fernanda, soy yo. ¿Cómo te encuentras? , -le preguntaba Paca con voz bajita mientras le acariciaba las manos y la cara.- He hablado con el doctor y me ha dicho que hay que operarte… pero ya verás como todo sale bien… La casa ha quedado muy mal, pero no hay de qué preocuparse. El seguro lo cubrirá todo… Ahora lo importante es que te pongas bien cuanto antes.

Y sendas lágrimas recorrieron las mejillas de Paca.

En ese momento alguien pegó en la puerta y está se abrió tras los golpes. El cirujano asomó un poco la cabeza y pidió permiso para entrar.

-Lo siento pero el quirófano está ya listo. Acabamos de recibir los resultados y, tal y como nos temíamos, tenemos que operar. La explosión ha afectado al hígado y al bazo, además de tener una hemorragia interna. Nos la tenemos que llevar –dijo el galeno. Si usted nos da el permiso, debe firmar aquí (el médico le extendió el impreso).

-Está bien, doctor. Hasta pronto Fernanda. Ya verás como todo sale bien. Estás en buenas manos… ¿verdad, doctor?

-Claro –respondió-. Además, durante la operación, me ayudará el Dr. Sánchez y dos enfermeras, además del anestesista.

-Muy bien doctor. Aquí tiene la autorización firmada y, por favor, sáquela viva del quirófano.

-No se preocupe. Haremos todo lo que esté en nuestras manos. Ahora si nos disculpa… puede esperar en el bar del hospital tomando un café o en el pasillo. Como quiera.

-¿Cuánto va a durar la operación, doctor?

-Aún es pronto para saberlo. Hemos revisado minuciosamente las pruebas pero hasta que no abramos no sabemos exactamente qué nos vamos a encontrar, pero no más de un par de horas supongo.

Y en ese momento los camilleros comenzaron a sacar a la enferma con dirección al quirófano número 1. Paca se despedía de ella no sin antes derramar algunas lágrimas de sus ojos.

-Hasta luego, Fernanda. ¡Suerte!

Había pasado casi una hora y los médicos seguían con la operación. Todo iba bien hasta que el cirujano notó que, en la enferma, había algo raro.

-¡Qué raro! ¿Esta mujer no tiene útero ni vagina?

-¿Cómo que no? , preguntó el Dr. Sánchez

-¡Coño! ¿Lo ves tú por algún sitio? , repuso el cirujano.

-¡Es cierto! Está completamente limpia. Lo tendrá extirpado. ¿Crees que deberíamos haber preguntado a la otra señora esto?

-Pues sí, claro que sí pero… ¡Claro! ¿Quién iba a pensar que estaría operada?

-Pues hay que reconocer que el médico que lo hiciera en su momento es un manitas. No se nota nada ni por aquí adentro. ¡Menuda eminencia!

-Ya lo creo que sí.

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Paca apuraba el café que se estaba tomando en el bar del hospital y, cuando lo pagó, se dirigió a la sala de espera donde se encontró con alguien a quien no veía desde hacía tiempo.

-¡Gonzalo! ¡Esther! ¿Estáis aquí?

-¡Hola! , dijo Gonzalo secamente.

-¡Hola! , dijo Esther. ¿Cómo está?

-Muy grave. Está muy grave. Los médicos dicen que va a salir de la operación pero que tiene una hemorragia interna y algo en el hígado y el bazo. No sé qué pensar. Han sido tantos años juntas, tanto cariño compartido. Pero… ¿Cómo vosotros por aquí? ¿Quién os ha avisado después de tanto tiempo sin querer saber nada de mí ni de… bueno… vuestro padre?

-Mamá…, dijo Esther, no digas eso. Fernanda no es… no es… no es nuestro padre. Nuestro padre se llamaba Fernando. ¿Ya no te acuerdas? Para nosotros papá murió hace mucho tiempo.

-Pero…hija… ¿Cómo puedes, como podéis decir eso? Fernanda es vuestro padre queráis o no. No tenéis ningún derecho a decir eso ni a opinar. ¿Dónde habéis estado cuando nos habéis hecho falta? Nunca quisisteis saber nada ni de ella ni de mí…

-Mamá…, -dijo Gonzalo- hace años que tuviste que dejarlo. Cuando tomó aquella decisión tuviste que haberte separado. No entiendo esta situación. ¡Joder! Habéis pasado por lesbianas durante estos últimos años.

-¡Cállate! No tienes ningún derecho a hablar así. Es mi vida y yo hago con ella lo que quiera. Igual que hacéis vosotros con la vuestra. No sabéis nada de nada. Estos años con vuestro padre han sido los más felices de mi vida. No sabéis como ha sido Fernanda últimamente conmigo. ¿Para eso estáis aquí? ¿Para eso habéis venido? Porque si estáis aquí para esto, os podéis marchar por donde habéis venido con viento fresco. ¡Dejadme vivir con vuestro padre el resto que me quede de vida!

Esther y Gonzalo se miraron y entendieron que allí estaban sobrando y que cualquier cosa no haría cambiar a su madre de opinión. Así que se dieron la vuelta y se marcharon.

Paca se dirigió a la sala de espera llorando, acaso más por rabia que por dolor y apenas se hubo sentado escuchó la voz de un celador:

-Por favor, familiares de Fernanda Rabanal.

-Sí. Yo. Soy yo.

-Acompáñeme si es tan amable, por favor.

-¿Por qué? ¿Fernanda está peor? ¿Ha muerto en quirófano?

-No. No. Ni mucho menos. Los doctores que la han operado quieren hablar con usted.

Y siguió pasillo adelante, detrás del celador quien le indicó que esperara en una pequeña habitación. Y al rato

-Paca…, dijo el cirujano.

-¿Sí, doctor? ¿Qué tal ha ido la operación? ¿Ha salido bien?

-Sí, sí. Tranquila. Todo ha ido perfectamente. La operación ha sido todo un éxito. Hemos podido cortar la hemorragia interna y hemos extirpado el bazo. Lo más trabajoso ha sido el hígado pero también lo hemos podido salvar. Ahora eso sí. Le advertimos que la convalecencia será larga y dura pero salir, ha salido.

-¡Gracias a Dios, doctor! Muchas gracias a los dos por todo. No sé cómo pagárselo…

-Tranquila mujer. Eso ya lo hace por usted la Seguridad Social… por cierto… tenemos una duda. Cuando hemos abierto nos hemos fijado que Fernanda no tiene útero ni vagina y desde luego el médico que lo hizo es un manitas porque no se nota nada. ¿Cuánto hace que la operaron?

-Bueno, doctor. Creo que esto debería de habérselo dicho antes de la operación, pero sinceramente… no me acordé… estaba muy nerviosa y todo eso… pero es que verá… no sé cómo decírselo. Es que Fernanda no se ha llamado Fernanda desde siempre. Antes se llamaba Fernando y era mi marido pero su mente de mujer vivía en un cuerpo de hombre y cuando teníamos ahorrado algo de dinero decidió operarse. Por eso no encontraron en su cuerpo ningún órgano femenino.

-¡Joder! , contestó el cirujano. De todas formas, visto lo visto, sigo manteniendo que el médico que hizo la operación es un manitas.

-Pues me parece -siguió diciendo Paca- que es el padre del Dr. Sánchez porque antes me fijé y se da un parecido enorme.

-¿Cómo? , preguntó el cirujano. ¿Tu padre, Eloy, es cirujano plástico? ¡Qué callado te lo tenías!

-Pues sí, así es. Pero no tenía ni idea de esto. En serio. ¿Quién iba a pensar? , contestó el Dr. Sánchez con cierto rubor.

-Doctor ¿Puedo ver a Fernanda? , preguntó Paca al tiempo que aprovechaba para dar un giro a la conversación.

-Por supuesto, pero no durante mucho tiempo porque se está despertando de la anestesia en estos momentos y necesita descansar.

-Muy bien. Gracias doctor.

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-Fernanda. ¿Qué tal te encuentras? ¡Qué alegría! ¿Sabes? Ha dicho el doctor que todo ha salido bien. Lo único que la convalecencia va a ser un poco larga y lenta pero que no hay de qué preocuparse.

-Paca… -dijo Fernanda con voz bajita- ¡Qué alegría de verte! Estoy viva ¿entiendes? Viva. Y además estás tú aquí conmigo. ¿Qué más puedo pedir? Pero… ¿Por qué lloras? ¿Es que acaso no te alegras?

-No. No. No es eso. Estoy muy feliz y muy contenta ¿Cómo no me voy a alegrar? Lloro de alegría pero es que han estado aquí los chicos y… bueno… ya sabes…

-Sí… déjalo… contestaba Fernanda. Ya sabemos cómo son. Ese tema ya está hablado y zanjado. Lo importante es que he sobrevivido y estás tú aquí a mi lado.

Pero en ese momento, alguien pegó en la puerta.

-¿Sí? Adelante… dijo Paca creyendo que sería algún médico o alguna enfermera.

Esther abrió la puerta y se asomó un poco.

-¿Papá? ¿Mamá? , dijo Esther. ¿Podemos pasar?

Fernanda y Paca se miraron con extrañeza.

-¡Claro! ¡Claro que podéis pasar! , contestó Paca, enjugándose los ojos.

Y ambos hermanos entraron en la habitación. Y allí estaban los cuatro. Los hijos de pie, Fernanda tumbada y Paca sentada a la cabecera de la cama de la enferma. Todos se miraban pero ninguno se atrevía a decir nada hasta que Esther agachó su cabeza, empezó a llorar y se fue hacia la cama de su padre y lo abrazó.

-¡Perdónanos papá! Hemos sido los dos unos egoístas y unos cobardes. No sé cómo pedirte que nos perdones y me da rabia que haya tenido que pasar esto para darme cuenta de lo tontos que hemos sido Gonzalo y yo. Si pudiéramos hacer algo para que nos perdonaras…

Fernanda y Paca lloraban y se miraban. Al final Fernanda sacó fuerzas de donde no las tenía y le dijo a su hija:

-¡Hija mía! Con tus lágrimas ya estás perdonada. No os guardo rencor a ninguno de los dos. Sé lo difícil que esto ha sido para vosotros pero debéis entenderme… ¡Anda, dame un beso y límpiate esas lágrimas!

Y diciendo esto le dio un beso a su hija y se quedó mirando fijamente a Gonzalo:

-¿Y tú, no vas a darme un abrazo y un beso?

Gonzalo se fue acercando muy despacio a la cama de su padre con lágrimas en los ojos y al final se abrazó a Fernanda.

-Papá, perdóname. No sé cómo puedo mirarte después de todo lo que te he hecho. Espero que sepas perdonarme…

-Hijo mío. ¡Qué ganas tenía de volver a abrazarte! ¿No es mejor así? ¿Estar cómo ahora estamos, aquí los cuatro, juntos como siempre?

-Sí, claro que sí, papá… y ahora será para siempre. Ya verás.

Y así fue como los hijos de Paca y Fernanda aceptaron el nuevo cambio de vida que su padre quiso tiempo atrás. Ahora son unos padres, hijos y nietos con los problemas típicos que surgen en cualquier familia.

Y ahora, como dijo Gonzalo, sería para siempre. Para siempre…

 

 

 

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