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Rafael Castellanos
Martes, 18 de abril de 2017
EL COLOR DE LA MAÑANA

EL ABRAZO DE UN HIJO

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No sé si esta historia tiene principio o no, pero seguro que tiene un fin. Y con moraleja: la que cada uno quiera sacar. Pero seguro que casi todo el mundo que la lea, coincide con la misma parábola.

         No me ocurrió a mi directamente, pero fui testigo directo de lo que pasó.

         Fue el verano pasado. Y el lugar, un parque.

         ¿La hora? Por la tarde, no antes de las 8 o las 9.

         Pasé por una librería y vi en el escaparate un libro de un autor que me gusta y pasé a comprarlo.

         Como estaba impaciente por empezar a leerlo, me filtré por aquél parque y me senté en un banco.

         Cuando llevaba leídos un par de capítulos, levanté la vista del libro para descansar un poco y, en el banco de enfrente, se encontraban sentados, supuse, un padre y un hijo.

         El padre tendría no menos de 70 años y el hijo quizá unos 40 ó 42.

         El hijo, como yo, se encontraba leyendo un libro. Y el padre simplemente miraba al horizonte. Tenía la mirada perdida, no miraba a un punto fijo.

         En un momento dado, un gorrión hizo su presencia en una rama del árbol que daba sombra al padre y al hijo.

         El padre dejó de mirar a su horizonte y volvió la cabeza hacia el árbol, hacia la rama, y preguntó a su hijo:

         -Eso... ¿Qué es?

         El hijo, levantando la vista del libro, también miró y respondió a su padre:

         -Parece un gorrión.

         Y así quedó la cosa hasta que al rato el padre volvió a preguntar qué era aquello y el hijo volvió a responder que un gorrión.

         No le di más importancia a aquel sucedido pensando que el padre, quizá, podría tener Alzheimer o algo así y por eso preguntaba.

         Volví a mi libro.

         Cuando llevaba un par de hojas leídas, volví a escuchar al padre:

         -¿Qué es eso?

         Y el hijo, ya un poco molesto, contestó al viejo:

         -Papá, te he dicho que es un gorrión.

         Y seguí leyendo.

         De pronto, el gorrión echó a volar y, tras unas piruetas por el aire, descendió a tierra y se puso a picotear la hierba del césped.

         El pobre padre no le quitó ojo en todo momento al pájaro y seguía sus movimientos sin perder detalle de los mismos.

         Dejé mi libro sobre el banco, justo a mi lado, para contemplar la escena pues supuse que el viejo volvería a preguntar. 

         Y así fue

         -¿Puedes decirme qué es eso? -preguntó sin dejar de mirar al avecilla.

         Y el hijo, ya en un tono bastante enojoso, contestó a voz en grito:

         -¡Joder papá! No sé cuantas veces tengo que decírtelo. Te he dicho ya tres veces que es gorrión. ¿Me entiendes? Un go-rri-ón. Deja ya de dar por el culo.

         El padre no apartó la mirada del bicho.

         Pasaron unos segundos, y el progenitor metió su mano en el bolsillo de la camisa y sacó una especie de librito, a modo de agenda, y abrió sus ojos.

         Buscó algo entre sus páginas y cuando encontró lo que estaba buscando, se lo ofreció a su hijo para que leyera mientras así se lo indicaba con la mano. El hijo, no sé por qué razón, empezó a leer aquellas líneas en voz alta y pude escuchar todo con suficiente claridad.

         -Hoy he estado en el parque con mi hijo pequeño, que hace unos días, cumplió 5 años. Estábamos sentados en un banco y un gorrión se ha posado enfrente de nosotros. Mi hijo me ha preguntado 15 veces qué pájaro era aquel. Yo le contesté las 15 veces que era un gorrión. Y las 15 veces le contesté sin enojarme ni enfadarme. Es más, cada vez que me hacía esa pregunta y yo le contestaba, lo abrazaba otras tantas y cada vez que lo abrazaba sentía más afecto por mi pequeño e inocente hijo.

         El hijo alzó la mirada del libro y se quedó mirando al infinito. Tras unos segundos, pude ver cómo sendas lágrimas resbalaban por ambas mejillas. En un momento dado, se volvió hacia su padre  y le abrazó mientras le pedía perdón.

         Así ocurrió y así se escribe esta historia.

         Ahora, cada cual, cada hijo y/o cada padre que saque las moralejas que crean oportunas y convenientes a su propia situación personal porque este cronista, si se me puede llamar así, ya ha sacado las suyas y tras ellas, sólo me queda terminar el libro que empecé a leer aquel día y que dejé aparcado en mi escritorio cuando llegué a cada y decidí ser mejor con quien me ha regalado la vida que nunca pedí.

         Esta pequeña historia, que hoy por hoy, suele ser demasiado habitual, se escribe como homenaje a ellos, a los padres, que tanto nos aguantan a los hijos y que tanto nos han enseñado y nos enseñan, como por ejemplo, qué cosa es un gorrión.

         ¡Ojalá que mis padres me vivan muchos años para que sigan enseñándome cosas!

 

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