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Rafael Castellanos
Martes, 6 de junio de 2017
EL COLOR DE LA MAÑANA

BIENVENIDO Y MUCHA SUERTE

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Llevábamos nueve meses esperándote y al final ya estás aquí. Has tardado unos días más de lo previsto y la espera se nos ha hecho más larga, pero estás bien que es lo importante. También lo está tu madre. Algo cansada, pero es normal. Acaba de darte la primera luz que has visto. Tu padre -mi hermano- ha pasado a verla y a verte. Va a ser el primero en saber a quien te pareces, pero no importa. Ahora entraremos los demás, aunque eso conlleve esperar un poco más de tiempo. Pero al final, el médico nos indica que entremos. Y allí estás tú, en los brazos de tu madre y no he podido evitar que un nudo se apodere de mi garganta y las lágrimas hayan aparecido en mis ojos. Miro a mi alrededor y todos están igual que yo. Parece ser que has llorado pero ahora estás tranquilo. Sabiendo ya -desde ese punto y hora- que el calor que recibes en tu minúsculo cuerpo es el de tu madre.

La felicito por su alumbramiento y me ofrece tu pequeño cuerpo para que lo tome entre mis manos. Me das miedo. Pienso que te me vas a romper al más mínimo descuido o movimiento no coordinado. Tienes tus ojitos cerrados. No sé -por tanto- de qué color los tienes, aunque luego –supongo- los cambiarás como todos los niños recién nacidos.

Te tengo entre mis brazos y te miro como algo extraño, aún no me creo que lleves sangre de mi hermano -y mía- y de los míos… de tu madre. ¿Quién sabe a quien te acabarás pareciendo? Sea como fuere, al final llevas mi sangre. Total, dice el refrán que a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos. Y tú eres el primero. Mi primer sobrino.

Aunque no seas hijo mío si no de mi hermano, siento la necesidad -acaso imperiosa- de darle a Dios, o a quien sea que esté allí arriba, las gracias por haberte puesto en mi camino. Es como si ese alguien que pulula en el Cielo, me hubiera dado una oportunidad de demostrar que puedo educarte como tío, que puedes confiar en mí, que tengo la oportunidad de educarte y enseñarte lo poco o lo mucho que sé.

Quisiera ser un poco más inteligente para dejar escrito tu nacimiento en un papel. Para poner en romance -o en soneto quizá- o tal vez en novela, toda la traca de sentimientos que tengo escondidos en mi pecho con tu nacimiento y que noto cómo explotan en el Cielo de mi corazón.

Me siento tan pequeño, tan frágil, tan inocente, tan insignificante, tan poca cosa contigo en los brazos. Una nueva vida -la tuya- acaba de empezar y la estoy sosteniendo en mis brazos, como si éstos fueran el pilar donde descansa el gran peso de la vida, de tú vida.

Eso quiero ser para ti el resto de tu vida y de la mía: el pilar donde te apoyes, el pilar que te sirva de referencia, el pilar para tu sonrisa, el pilar para tu llanto…

Dejo esos pensamientos y escucho la voz de mi madre que me pide que no sea egoísta y la deje tomarte en sus brazos; todo el mundo quiere tenerte en sus brazos: como si no hubiera tiempo ya en el mundo para que andes de brazo en brazo. Ten por cuenta que eres el primer nieto, el primer sobrino, y por tanto serás el primero en todo…

El médico pide silencio en la habitación. Tiene que hacerse el cargo de la algarabía que hay en la habitación, pero su obligación es pedirnos silencio. Como no lo consigue, ordena a la enfermera que te lleven junto a tu madre a una habitación para que descanséis. Es lo mejor. Ya habrá tiempo de disfrutar contigo y de ti. Y tú de nosotros.

Todos los familiares os acompañan a la habitación y yo me dirijo a la capilla del hospital. No me importa que sean las cinco de la mañana, ni tampoco me da miedo ponerme a esas horas de la noche, cuando el silencio más se nota por los gritos que da, ponerme enfrente de aquella talla de la Virgen de la Misericordia. Allí, en el último banco, me arrodillo y vuelvo a dar las gracias a Dios por tu nacimiento. Le pido que me enfile por el buen camino que debo enseñarte, como tío, para que seas buena gente. Para que tengas tus cosas, como todo el mundo, pero que sobre todo, seas buena gente.

Una nueva lágrima recorre mis mejillas y levanto la cabeza. Me quedo mirando fijamente a los ojos de aquella Virgen y tengo la sensación de que me sonríe mientras me dice:

Contigo, por lo menos, tu sobrino no pasará penas. Enséñale a sonreír como tú sabes, y luego ya iremos viendo, por lo menos, y de pronto, que sea bienvenido y que tenga mucha suerte en la vida.

Pues que así sea.

 

 

 

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