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Lunes, 3 de julio de 2017
CARTAS DEL DIRECTOR

CARTAS DEL DIRECTOR

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Mientras cenaban se miraban, su pensamiento divagaba en cómo comenzó todo. Cuando abrimos el corazón no contamos que, desde ese momento, permitimos la entrada a todas las emociones habidas por sentir. Quizás amar sea el sentimiento más hermoso y doloroso al mismo tiempo.

 

Aquel día la intuición atropelló su inocencia. Su. Su. En efecto, porque cada uno tiene sus valores. Pueden llegar a ser los mismos para dos personas, y sin embargo distintos para cada uno. Porque todos sabemos definirlos pero, paradójicamente, cada uno le otorga un valor distinto.

 

Aquella noche la dejó en casa tras la cena, sin saber que sería le penúltima vez que la vería. Cuando crecemos nos volvemos más exigentes, pero cuando maduramos estamos dispuestos a poner luz a la cobardía de otros.

 

Las fichas recibían las caricias de Mario. Ansioso, esperaba a su adversario en la timba. Sus ojos hacían chiribitas pues la apuesta de la noche era la más jugosa de cuántas había jugado. Una y diez de la madrugada y, por fin, apareció su contrincante. Mario pidió otro whisky. Y sin más prolegómenos la partida empezó. Mientras, Miranda preparaba las maletas.

 

Mario resoplaba porque las cosas no estaban saliendo cómo esperaba. Lo iba a perder todo en aquella mesa redonda. ¿Pero qué era todo para él? Los pies de Miranda subiendo a aquel taxi estaban a punto de ganarlo todo.

 

Mientras, en otro taxi, Mario volvía a casa. La casa había sido embargada por el banco. Las deudas lo habían ahogado. Ni siquiera encendió la luz del pasillo para no despertarla. Fue a abrazarla como de costumbre. Sin embargo, esta vez no. Prendió la lámpara y solo descubrió una carta. Ahora sí. Ahora sí podía decir que no tenía nada.

 

La ingenuidad de Miranda había muerto hacía una semana y todas las promesas de Mario quedaron hundidas bajo la alfombra de los deseos. La grafía de Miranda condujo a Mario al lecho de sus propias mentiras. Su despacho. Un día Miranda fue a dejar un post it cariñoso al ordenador de Mario. Buscaba un bolígrafo en uno de los cajones y, de repente, encontró una carpeta. Era correspondencia postal cargada de números rojos. No entendía nada. La economía de la casa, supuestamente, gozaba de buena salud. Ambos tenían trabajo. Pero lo que más le desconcertaba es que Mario le hubiera ocultado aquello. Sintió más miedo que nunca.

 

Confió a un detective privado la investigación de sus porqués. La verdad alumbró en aquellas fotografías. Brotaron las lágrimas de su inocencia. El espejo de la confianza se había hecho añicos. Mario había vuelto a las andadas. Nunca olvidemos que el corazón no resiste demasiadas pisadas.

 

El póquer, ese demonio al que Mario había abierto la puerta una vez más. Sí, seamos conscientes de que en cada acción que decidimos llevar a cabo hay un sí o no, nuestro, detrás. No echemos la culpa a las circunstancias. Estas últimas nos pueden influir pero no tienen la capacidad de decidir. Solo nosotros tenemos ese poder.

 

Miranda desahogó su corazón en un mirador, contemplando los retales de su vida con su esposo en aquel álbum: su primera cita, su primera película juntos, su primera escapada, el día de su compromiso… Desencharcó su corazón hasta dejarlo seco. Después, prendió fuego a las ilusiones rotas por Mario.

 

Miranda entró en el cuento de mentira que Mario le había creado. Durante una semana fingió ser la esposa perfecta. La decepción le dio las fuerzas necesarias para realizar su plan. Se dio cuenta de que en los peores momentos nuestro amor propio es la única fortaleza a la que podemos aferrarnos.

 

Así fue como Mario se enteró de que su esposa había sido la beneficiaria de todo lo que había perdido en aquella timba. Miranda había pagado a un profesional del póquer para que jugara por ella aquella noche.

 

Las retinas de Mario se derrumbaron. Su alma le dio una punzada, pataleaban los sentimientos traicionados hacia Miranda. El amor de su vida lo había salvado una vez más, pero a Miranda ya la había perdido para siempre.

 

La carta indicaba que fuera al salón porque allí encontraría lo que de verdad le importaba. Mario, con los ojos empañados, se apresuró. En el sofá, donde tantas veces Miranda había dormido plácidamente en sus brazos, había ahora solo un maletín abierto con todo el dinero.

 

Tiró el maletín por los aires y, mientras sollozaba tapando con sus manos su vacío, leyó la última línea de aquel papel. “Lo he contado, y está todo. Todo lo que te importaba pero no lo más importante. Eso lo has perdido. Te has desprendido de las promesas que te hiciste a ti mismo. Y los sueños juntos salen huyendo despavoridos. Lo bello que había en ellos no está dispuesto a destruirse ni a verte destruirte. Con tristeza y rabia mantengo que te amo. Sin embargo, me veo en el deber de quererme más de lo que tú estás dispuesto a quererte a ti mismo”. Como si de una pluma se tratara, una foto voló al suelo. Mario se agachó a recogerla. Quedó sobrecogido al girarla. Era una pequeña imagen de una ecografía. Lo habían conseguido, tras un par de años intentándolo, Miranda estaba embarazada.

 

Ahora sí, Mario comprendía el valor de lo que realmente valía la pena y la alegría. Subió deprisa las escaleras, en el huérfano calor de su hogar, para coger nuevamente su móvil. Ya la había llamado inútilmente cuando se percató de que no estaba en el dormitorio. El teléfono seguía sin dar señal.

 

Se disponía a llamar a la mejor amiga de Miranda por si sabía dónde podía estar, cuando el timbre sonó. Su respiración se quedó en un tic tac al compás de su latido acelerado. Bajó a la velocidad de un pestañeo y abrió la puerta. Lo que menos esperas sucede. La policía le comunicó que su esposa había tenido un accidente de tráfico. El taxi en el que iba se había salido en una curva debido a la fuerte lluvia que caía.

 

Hasta el hospital se desplazaron multitud de familiares y amigos, Miranda era muy querida. Destilaba amor y simpatía en su esencia y nadie dudó en apoyar a Mario, pues sabían lo mucho que ella amaba al hombre de sus sueños. Así lo llamaba. Para Mario era como si no hubiera nadie. Él solo necesitaba volver a abrazar a Miranda. Mientras por su llanto, como hojas por un río, bajaban de su mente todos los besos, miradas, caricias y momentos que había compartido con ella.

 

El médico salió y comunicó el peor de los pronósticos. Miranda estaba en coma inducido, los daños eran irreversibles. Sin embargo, y una vez más, 9 meses después los ojos de Miranda volvieron a brillar en los ojos de Alma. Mientras la pequeña crecía al abrigo del vientre de una madre que nunca conocería, Mario tomó conciencia de que tenía un problema que le había hecho perder lo que de verdad importa. Se ingresó en un centro para tratar su adicción al póquer y se comprometió a ser el mejor ejemplo para ese bebé que, con tanta pasión y amor, había hecho con Miranda.

 

Mario fue un hombre renovado, que se dio la oportunidad de ser feliz. Como consecuencia, eso le permitió construir y atraer cosas preciosas alrededor de su vida. Decidió escribir su historia en un libro para alzar su voz y llegar a gente que desperdicia la suya sin darse cuenta. Además, daba charlas en campañas locales de concienciación sobre los peligros de las adicciones. Emocionado, siempre terminaba diciendo: “No dejes escapar el tiempo, sé feliz. Construye con amor. A la vida le puedes dar la mano o le puedes permitir que te dé una hostia. Mi hostia fue la muerte Miranda. La dolorosa lección que ello dejó en mí me hizo cambiar por completo. Pero, ¿os digo lo que con total seguridad hubiese preferido? Tener su mano junto a la mía en este preciso instante. Va por ti, mi vida”. La sala rompió a aplaudir. La pequeña Alma se quitó el chupete y señaló a su papá sin dejar de sonreír.

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1 Comentario
Fecha: Viernes, 13 de octubre de 2017 a las 06:46
samanta
Nunca mientas a la persona que amas porque cada mentira se disminuye el amor que te tenia es muy malo mentir a la persona que te dio su amor y tu le pagas con una mentira .

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