Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Rafael Castellanos
Martes, 8 de agosto de 2017
El COLOR DE LA MAÑANA

PÁJAROS NEGROS

Guardar en Mis Noticias.

Amanecía sobre Argamasilla de Calatrava una mañana de junio, una mañana más calurosa que cálida. Parecía que el verano se empeñaba en no dejarnos ni un minuto de respiro. El sol lucía en lo alto del cielo y nada, y menos nadie, parecía presagiar lo que ocurriría tan solo un par de horas después de despegar Lorenzo del letargo de la noche.

 

Argamasilla de Calatrava empezaba a andar esa mañana. Las buenas gentes de este pueblo se levantaban de sus camas para comenzar un nuevo día, una nueva jornada. El que más, como el que menos, nada advirtió aquella mañana de finales de junio. Nadie vio, nadie barruntó, nadie sospechó nada. El ojo humano no está entrenado, aún, para ver las motas de polvo que lleva el aire; el ojo humano no puede ver a través de la nada.

 

Lo cierto es que una bandada de pájaros negros sobrevolaba el cielo de Argamasilla de Calatrava; aquel cielo que aquella mañana amaneció despejado, sin nubes y con el sol brillando más que nunca, estaba radiante, me atrevería quizá a decir que aquel cielo estaba contento.

 

Mientras tomaba un café en la ventana de un bar de la localidad, observaba a la gente que iba y venía; algunos saludaban y daban los buenos días, otros, los menos, pasaban deprisa sin advertir la presencia de quien se les cruzaba por el camino o estábamos, como yo, tomando un simple café para empezar el día. Pudiera decirse que, cada cual, iba, o acaso, íbamos a nuestro rollo, como no queriendo saber nada de los demás, como si dar o no los buenos días no fuera con ellos.

 

La educación, ya se sabe, es lo que tiene.

 

Aquella mañana no se diferenciaba mucho de las demás, al menos para mí, pues el teléfono no paraba de sonar por motivos de trabajo; no me daban tiempo ni para tomar un café, el mismo que casi siempre me tomaba al trago, para empezar cuanto antes mi jornada laboral.

 

Miré hacia el tablón de anuncios que hay en la iglesia y ahí estaban aún las esquelas de los que nos habían dejado dos o tres días antes y pensé:

 

"Vaya rachita llevamos."

 

Consulté mi reloj y ya quedaba poco, muy poco, para recibir aquella noticia que nadie esperábamos. Pagué el café y me fui. Subí al coche y mientras conducía repasaba mentalmente el planing de trabajo para ese día.

 

Llegué a mi oficina y empecé a trabajar. Ordenadores, papeles, correos electrónicos, whatsapp... todo ese grueso de máquinas y papeles completan, a diario, lo que se supone es mi trabajo; un trabajo de oficina que quizá muchas veces no está lo suficientemente valorado por el hecho de que no supone un esfuerzo físico (aunque sí mental), pero me da igual.

 

Volvamos al caso.

 

Salí un  momento a recoger unos planos, a hacer unas gestiones, y ese cielo azul, despejado, que, en un principio, no auguró la fatalidad, se tornó de un color negruzco provocado por aquella bandada de pájaros negros.

 

 

El Paseo de Puertollano estaba como estaba hacía un rato la plaza de la iglesia de Argamasilla de Calatrava, ajeno a cualquier atisbo de molestia. Los chiquillos jugueteaban en el parque, las madres hablaban, sentadas a la sombra de cualquier árbol, los mayores iban y venían mientras se contaban entre ellos batallas de juventud, las señoras iban con su carrito a hacer la compra. Aquella madre que le ata por tercera o cuarta vez los cordones de las zapatillas al niño; yo bajando a hacer mis cosas y observando todo cuanto ocurría a mi alrededor y pendiente de aquellos malditos pájaros que nada bueno podían traer.

 

Mi móvil no paraba de sonar o vibrar en mi bolsillo. "Maldito aparato, pensé."  El muy infame no dejaba de darme más trabajo. Debía de pasar a ordenador facturas, ofertas, cartas...

 

Subía ya para la oficina. Llegué, coloqué lo que llevaba en su sitio y un "pipí" estridente sonó en el móvil.

 

"Otro whatsapp", dije en voz alta como si alguien estuviera allí conmigo pidiéndome algún tipo de explicación sobre el ruido que acababa de oír.

 

Accedí al teléfono y abrí la aplicación. En ella, pude leer la noticia más inesperada, la que jamás se nos hubiera ocurrido a nadie.

 

Alguien, en el grupo que tengo, escribió:

 

"Acaba de morir Cesáreo Mora Gaona."

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Imás Información. • Política de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress