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CUADERNO DE BITÁCORA
Jueves, 17 de agosto de 2017
CUADERNO DE BITACORA

¡Taxistas!

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No suelo escribir artículos de opinión que no contengan un interés general o sean actualidad. Da lo mismo que el contenido sea político, que son los más, o literario, que deberían ser los más y son los menos. Pero hoy, viendo las noticias y recordando otros sucesos acaecidos con taxistas, me ha venido a la memoria un antiguo vecino que era taxista, o quizá lo siga siendo. Y esta es la historia que les quiero contar, para en todo o en parte, entender las lamentables imágenes que hemos visto por televisión, de agresiones a conductores profesionales y a vehículos carísimos, por parte de desalmados, que dicen ser taxistas, pero que me recuerdan a los matones de las mafias del este, y a los chulos de cabaret barato.

Mi vecino se llamaba Mariano y era extremeño. En los años ochenta y noventa no había tanta crisis como ahora y todo pasaba más desapercibido. Por la mañana trabajaba de chofer en el Parque Móvil, que era el que surtía de vehículos oficiales a todos los ministerios y, por la tarde, trabajaba el taxi que había comprado con la venta de unas tierras en su pueblo natal. Lo compartía con un bombero, para hacer más rentable el uso del vehículo y la licencia, trabajando en dos turnos. Mariano esperaba el relevo en el bar que había debajo de casa, mientras tomábamos unas cervezas, y con la segunda ronda, empezaba a contar las anécdotas del día. Esas anécdotas que han ido quedando en la memoria de los usuarios del taxi, sobretodo, de los turistas que nos visitaban y acababan recorriendo media ciudad.

Mariano, con la simpleza que caracteriza al pícaro español, tan retratado y descrito en la literatura, contaba sin censura alguna, el “paseo” que le había dado a unos guiris que venían de turismo, y lo hacía dejando a los turistas por tontos y a él por listo. Contaba lo fácil que era sacarte unas pesetas llevando a los clientes a determinados hoteles, pensiones o apartamentos, donde había un acuerdo tácito con el personal para encarecer los precios. Contaba, sin ningún rubor, tantas y tantas cosas, que Mariano se crecía ante la cara de asombro de los tertulianos, como si aquello que hacía él y los de su gremio, fuera de lo más normal del mundo.

Mariano contaba, abiertamente, cómo operaba la “mafia” del taxi en el aeropuerto. Los que se pasaban el día jugando a las cartas en espera de una buena carrera. Una de esas que te arreglan el mes y, cuando la conseguían, entre compinches, se saltaban el turno, ante la mirada atónita de los compañeros honrados, y se llevaban el pastel. Por contar, Mariano contaba de todo, incluso que pedían un taxi para un conocido locutor de radio, con la advertencia explícita de que el taxista no escuchara Radio Olé.

Quiero decir que mi vecino Mariano, sin saberlo, faltaba a las más elementales normas de lo que debe ser un servicio público. Qué contándonos aquellas cosas, nos ponía sobre alerta de un trabajo digno que dañan unos pocos, y pagan justos por pecadores. De un servicio que en la ciudad de Madrid tiene más de quince mil licencias, repartidas en varias asociaciones de radio teléfono, que son los más cuidadosos y esmerados, pero que también tiene un alto porcentaje de individuos a los que no les importa hacer huelga y fastidiar al usuario, porque trabajan en otra parte y las ganancias del taxi suelen ser un extra. Esos, los menos, son los que suelen llevar la voz cantante en las reivindicaciones y protestas, entre otras cosas, porque no les afecta el sueldo. Esos, los menos, son los que se sienten molestos con los compañeros que destapan sus movidas y chanchullos, los que dan mala imagen al sector, qué cada día más los usuarios se decanten por el servicio que prestan las compañías de nueva implantación.

Esas compañías a las que les solicitas el servicio vía app y te recogen en el domicilio o trabajo con un coche nuevo y limpio, con un chofer elegantemente vestido, y un precio pactado por el trayecto, sin vueltas ni aventuras. Sin taxistas con olor a tabaco o sudor, con bermudas de camuflaje y barba de tres días. Taxistas que no se saben el “catecismo”, como se llamaba antes a la guía de Madrid, y se tiran una hora para encontrar un itinerario. Taxistas que no quieren que un servicio nuevo y eficaz les arrebate el chollo y la impunidad con que tratan a los clientes.

Estoy seguro que las plataformas del nuevo servicio de taxi, que ya se dan por todo el mundo, han venido para quedarse, para hacer más eficiente un servicio público que pagamos todos, y que deben ser los propios taxistas, los honrados, los que busquen la vía pacífica para integrarse, unos y otros, en un mercado de libre competencia. Y las autoridades, en la misión de que eso se cumpla, de que el servicio de taxi tradicional tenga unas mínimas pautas de civismo en el vestir, como lo hacen los conductores de autobús o metro, porque eso también pone en cuestión la imagen de nuestras ciudades y la Marca España.

 

Ismael Álvarez de Toledo

http://www.ismaelalvarezdetoledo.com

 

 

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