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Jueves, 17 de agosto de 2017
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Castilla-La Mancha, un invento que alimenta a España

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Castilla-La Mancha, un invento que alimenta a España

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los cartelones de Castilla-La Mancha que lucen en todas las carreteras de Sigüenza y Jadraque, en el friso de las dos Castillas, han sido pintarrajeados para eliminar La Mancha y dejar sólo Castilla. También en estas veredas, la instalación de un rótulo en la A-2, en el límite entre Madrid y Castilla-La Mancha, con el eslogan Bienvenidos a la tierra del Quijote levantó sarpullidos. Sin embargo, en Campo de Criptana, a 350 kilómetros de la Sierra Norte de Guadalajara, todo rezuma un espíritu manchego y quijotesco. En las calles, en las tiendas de souvenirs, en los bares, en los molinos convertidos en un todo a cien para turistas asiáticos. Y hasta en el añil de sus fachadas frente al recio sillar de las casonas de piedra serranas.

Esta dicotomía es la que configura la base de la personalidad de Castilla-La Mancha. Castellana es Guadalajara entera y parte de Toledo y Cuenca. Manchegas son Albacete, Ciudad Real y el sur conquense y toledano. Casi un millar de municipios en las cinco provincias. Apenas dos millones de habitantes en un territorio que supone más del 15% de la superficie española. Una región inventada al abrigo del Título VIII de la Constitución, cuando se puso en marcha el café para todos de las autonomías. Pero también un enclave incrustado en el sustrato del acervo español («hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor»).

 

 

Basta pasear por Zocodover, el centro neurálgico de Toledo, o por cualquier pueblo en fiestas para comprobar la apoteosis de la bandera de España. En Castilla-La Mancha la enseña nacional no sólo no se esconde, sino que se agita como parte de una identidad que en las llanuras manchegas se mezcla con un habla («moza, zagal, azaite, enantes, apechusque») exportada a todo el país gracias a Muchachada Nui y José Mota. Raúl del Pozo, conquense de Mariana, apostilla: «Castilla no es una región, sino un sueño, un lenguaje para toda la tierra».

Los castellanomanchegos (89,2%) son, después de los extremeños y los madrileños, los ciudadanos del país que más se identifican con España, según diversas encuestas. El desapego por las instituciones de autogobierno es tal que en algunas provincias, cuando la gente acude a la sede del Gobierno autonómico no dice «tengo que ir a la Junta», sino que recurre a la metonimia: «Tengo que ir a Castilla-La Mancha».

«Esta autonomía es una construcción política que sigue deshilachada. Se decidió desligar a Guadalajara de Madrid y a Albacete, de Murcia. La Universidad de Castilla-La Mancha no llega a toda la región porque el campus de Guadalajara pertenece a la Universidad de Alcalá. No hay una opinión pública fuerte y la televisión regional se dedica a la propaganda y al folclore», explica Isidro Sánchez, ex director del Centro de Estudios de Castilla-La Mancha.

 

 

 

A su juicio, ni durante la Transición existía una conciencia regional ni tampoco la hay ahora. «Los sectores conservadores, especialmente la Iglesia, han tenido siempre mucho peso, y José Bono se agarró a banderas medioambientales, como la defensa de las Hoces del Cabriel o Cabañeros, para utilizar el autonomismo de forma demagógica. Incluso la presencia del Quijote, que es apabullante, se enfoca de manera pueblerina: no interesa su dimensión internacional», añade Sánchez.

Bono fue el icono político de Castilla-La Mancha durante tres décadas en las que ejerció de virrey. El PSOE ha gobernado esta región desde las primeras autonómicas en 1983, salvo la efímera legislatura de Cospedal y el breve lapso de preautonomía, cuando ejercieron de presidentes dos dirigentes de UCD: Antonio Fernández-Galiano y Gonzalo Payo. Éste último fue relevado por Jesús Fuentes, histórico militante del PSOE toledano. «La denominación condiciona la estructura política y territorial. La Mancha es la comarca que une a casi toda la región excepto a Guadalajara. Al final, Castilla-La Mancha nació por un acuerdo entre partidos», admite. «El PSOE identificó a Bono con Castilla-La Mancha, pero manteniendo el espíritu españolista. Aunque eso no signifique defender el centralismo».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alfonso González-Calero, hacedor de la cultura castellanomanchega desde la Biblioteca Regional y desde varios puestos institucionales, fundó Almud Ediciones, la única editorial privada de carácter regional: «Siempre he dicho que Castilla-La Mancha es autónoma pero no es comunidad. No tiene apenas rasgos de identidad comunes. No hay más que ver la españolidad, que anida en casi todos los habitantes de la región, y la falta de un sentimiento autonomista, aunque sí existe una fuerte personalidad cultural en las distintas comarcas que componen la región».

La Mancha, el Señorío molinés, la Manchuela, los Montes de Toledo,la Jara, el campo de Calatrava. «Tierras trágicas», en el decir de Unamuno. Topónimos que reverberan en el cimbreo universal del español.

Cervantes creó la tradición: «Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento». El Arcipreste de Hita moldeó el medievo con su Libro de Buen Amor. Y Cela desbrozó una comarca, convertida luego en un paquete turístico. «La Alcarria es un hermoso país al que la gente no le da la gana de ir», pergeñó el Nóbel en su primer Viaje a la Alcarria (1948). Cuatro décadas después escribió un segundo, cuando ya le sobraban 40 años y 40 kilos, y entonces consignó que «a la gente ya le va dando la gana de ir».

Ahora ya no hay dudas de ello. El turismo supone más del 11% del PIB de Castilla-La Mancha y se ha consolidado como uno de sus pulmones económicos. Pero el futuro se tambalea por un tejido productivo débil. La renta per cápita es la penúltima en la lista de comunidades autónomas. Los dos principales corredores industriales, dentro del radio de acción de Madrid, son los del Henares, en Guadalajara; y la Sagra, en Toledo. Talavera de la Reina, en cambio, languidece tras el crack de la construcción. Y en Cuenca se sigue debatiendo sobre la conveniencia del almacén nuclear.

 

La agroalimentación tira del carro. El olor a taninos -y a queso de Albacete, y a miel de Peñalver, y a azafrán de Consuegra, y a ajos de Las Pedroñeras- impregna un terruño que produce el 50% de los vinos españoles.

 

La cooperativa Virgen de las Viñas se ubica en Tomelloso (Ciudad Real) y es, con 21.000 hectáreas, la más grande de Europa. Su presidente, Rafael Torres, refuta el tópico de la baja calidad de los tintos manchegos: «Se hace mucho vino porque hay un viñedo enorme. La vid es la esencia de esta tierra y nuestra producción tiene cada vez más prestigio, dentro y fuera del país».

Pero no todo el monte es viticultura. Azorín pergeñó en Una hora de España que el sustento de la patria son los labradores: «No es grata la vida en el campo». El conquense José María Fresneda, secretario regional de la Asociación de Jóvenes Agricultores (Asaja) e histórico del campo manchego, sostiene que «no se ha hecho pedagogía social. Nos caparon el debate y se centró sólo en la petición política para asumir competencias. No se ha hecho un trabajo para identificar a la persona con su territorio. De hecho, seguimos sin tener claro el concepto de región».

Para el historiador guadalajareño Juan Pablo Calero, Castilla-La Mancha sigue siendo «una de las comunidades más desdibujadas del país y un territorio desconocido». Y añade: «hay dos regiones diferentes y a veces enfrentadas: una urbana, que engloba a Ciudad Real, las ciudades de Albacete y Talavera y los cinturones de Toledo y Guadalajara; y otra rural, apegada al pasado, donde aún tienen mucho peso las tradiciones y los convencionalismos

 

El escritor Jesús del Campo anota en Castilla y otras islas: «Es como si aquí sonaran con otro timbre ecos graves de decadencia que se desparraman sobre el paisaje, y lo inundan de sombras crepusculares de espadachines vencidos».

En la meseta sur, el sentimiento de agravio hacia el Estado no se vuelca tanto en la malla de comunicaciones -todas las capitales están comunicadas por AVE, aunque los trenes de media distancia palidecen-, como en dos cuestiones en las que esta tierra sigue sintiéndose como la criada de Madrid. Por un lado, la despoblación: según el INE, Castilla-La Mancha podría perder el 6,8% de su censo a lo largo de los próximos 15 años. Y en algunas comarcas, como la Serranía de Guadalajara o la Tierra de Molina, su densidad demográfica es inferior a la de Laponia. «Se han hecho muchas infraestructuras pero para pasar de largo, no para quedarse a vivir. Las zonas despobladas están estancadas o en regresión», puntualiza el escritor José Luis Muñoz, fundador de la editorial Olcades, de Cuenca.

La otra herida por la que supura Castilla-La Mancha es el agua. La sangría del Tajo, maltratado por los trasvases y la sequía, ha secado los pantanos de la cabecera (Entrepeñas y Buendía), que apenas cubren el 11% de su capacidad; y ha laminado el río a su paso por Toledo y Talavera. Francisco Pérez Torrecilla, primer edil de Sacedón y presidente de la Asociación de Municipios Ribereños, que agrupa a 22 pueblos en los que viven 9.000 vecinos, enfatiza: «Se llevan el agua que no sobra y encima nos tachan de insolidarios. Esto es lo que más quema».

 

«La gestión del Tajo en el último medio siglo ha creado un desierto demográfico. Por eso hay tanta resignación, que luego se traduce en rabia», subraya Miguel Ángel Sánchez, portavoz de la Plataforma en Defensa del Tajo y el Alberche. Javier del Río, alcalde de la localidad de Pareja, sentencia: «Somos conformistas porque somos pocos habitantes y no se ven muchas salidas».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
  

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