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@jcmjulian
Lunes, 21 de agosto de 2017
CAMINANDO

EL TEMPLO

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De repente, casi sin quererlo, me vi imbuido en ese desierto de arena amarilla. El calor era sofocante y comparable a la rudeza del medio… Pude ver las siluetas de personas, en la lejanía, que se mostraban estilizadas y vestidas de rojo y negro, acordes al requerimiento del paraje. Todas ellas caminaban en pos de algo importante, o por lo menos, en pos de algo que les satisfacía… Avancé lentamente… Me llegaban  y me embriagaban olores que presagiaban sabores embaucadores; me impregnaba de aromas que nunca hubiera podido imaginar… El viento, suave, me realzaba ese aroma, mitad dulce, mitad agrio, que elevaba mi espíritu. Intentaba disfrutar en cada inspiración, cada vez más profunda, haciendo que mis pulmones se deleitaran, se expandieran, se abrieran a una realidad incontestable: estaba en El Templo…

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(Homenaje al cuadro de Marcos Tamargo)

 

Trabajaba feliz porque no hay mayor felicidad que hacerlo en algo que te gusta. Tarareaba todas las mañanas un estribillo ininteligible, que él creía copia de una canción de moda; una canción de su juventud, esa juventud que vivió “los discos dedicados” de las emisoras de radio de los pueblos… Su “Madrecita, María del Carmen” no se perecía en nada a la versión de Manolo Escobar, pero él comenzaba su trabajo con ese canturreo…

Su cuerpo, y hasta sus ropas, aún lavados, olían a vino. Su vista escudriñaba la intensidad del color, procurando que hubiera buena luz, imprescindible para ver si hubiera cuerpos extraños.

Su olfato… Nadie superaba su olfato! Acercaba su nariz a la copa, moviéndola levemente, para liberar los aromas y dejar que estos entrasen en su pituitaria.

El gusto era el final del proceso. Un traguito suave para que las papilas gustativas disfruten… placer de dioses, se decía así mismo.

Había crecido con palabras familiares: airén, macabeo, verdejo, sauvignon blanc, chardonnay, moscatel, viognier…  color amarillo pajizo con reflejos verdosos; y con sabores a melocotón, frutas exóticas y miel…

No podía, pero tampoco quería, dejar de oler así. Su vida –pensó- estaba marcada por el vino, y el vino –su vino- aquel que estuvo presente en su nacimiento, en su casamiento, en las bodas de sus hijos y en los bautizos de sus nietos, le acompañaría hasta la muerte… Había tenido la suerte de trabajar en El Templo.

[Img #30993]

 

José Sánchez Carralero, leonés, llegó, vió y venció. El Templo lo había seducido desde sus inicios; de hecho participó en su creación, en sus difíciles inicios. Ayudó a la gestación y plasmó su obra retrospectiva… El maestro de la tiza y el pincel.

“La imaginación hace al paisaje” y este se conforma con emoción, con la naturaleza virgen, con la pureza del paisaje y los sentimientos más nobles. Un lienzo tras otro que sublima la cultura y el espíritu, porque tú eres la esencia de la madre y el hijo de nuestro Templo.

Pintura, arte en suma, se maridaba con el vino en donde solo era posible hacerlo… Estábamos en El Templo.

[Img #30994]

 

Fdo:    Uno que pasaba por aquí.

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