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Rafael Castellanos
Lunes, 28 de agosto de 2017
El COLOR DE LA MAÑANA

ANTITAURINOS

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Antes de empezar a leer este artículo, amable lector o quier plebeyo, quiero decirle que no tengo nada en contra de los toros, ni a favor tampoco, solo diré, como introducción que, cuando tengo que ir a una plaza, voy, y cuando no tengo de ir, no voy.

Así de simple.

Lo mismo me pasa con el futbol, el teatro, la ópera, los conciertos y tantas y tantas ofertas, culturales o no, que tenemos al alcance de la mano.

No sé si la idea de querer quitar los toros será una idea política o será algún tipo de presión de los defensores de los animales a la clases políticas (y valga tanta redundancia) que nos rigen, para bien o para mal.

Son muchas las excusas que se nos plantean para querer quitar los toros, sin quedarnos un rato quietos, pensando, cuántos puestos de trabajo da una corrida de toros, que nunca entenderé por qué se dice corrida de toros cuando en realidad queremos significar festejo taurino. Entre esas excusas, digo, y volviendo al tema, es la de que el animal sufre y quizá se lleve razón, por cuánto el toro sufre tortura hasta la muerte.

Otra excusa que nos viene impuesta proviene de los vegetarianos, que si no nos da vergüenza comernos la carne de un cadáver, que si tal, que si cual. Y es lo que yo digo, una lechuga es también un ser vivo y también sufre cuando se le arranca de la tierra. La única diferencia es que no sangra, pero es un ser vivo al que se le quita la vida porque una lechuga es una semilla que se siembra, se riega y crece, por tanto vive. Lo único es que, parece ser, que no sufre por el mero hecho de no quejarse ni de sangrar.

Me hace gracia también el personal que no está a favor del evento taurino porque dice que el animal sufre y luego, éstos mismos que se quejan son los que dejan al perro abandonado en una gasolinera cuando se van de vacaciones. Si no todos, digamos que la mayoría.

Se quejan también, y no faltos de razón, los que no quieren los toros porque el pobre bicho sufre y luego se van al restaurante y piden el chuletón típico de Ávila, en lugar de unas verduritas o algo parecido, sin olvidarnos del famoso rabo de toro que tantas y tantas veces he probado, y probaré,  en Córdoba o en Segovia.

Pero volviendo al caso, y para ir finalizando, quiero decirle a usted, amable lector o quier plebeyo, que tampoco me gustan los políticos y los cuatro tontusos que me han tocado en suertes y de los cuales me tengo que tragar la chulería y la arrogancia con la que, diariamente, nos están toreando y que se dedican a querer quitar los toros en lugar de dedicarse a sacar a España de donde ellos solitos la han metido.

He dicho.

 

Castellanos Solana, Rafael

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