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Hector Peco
Martes, 3 de octubre de 2017
Opinión

La inocencia perdida de la democracia

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El ex-alcalde de Puertollano, Casimiro Sánchez Calderón, ahora, presidente de honor del Partido Ibérico, ha remitido a los medios de comunicación un artículo de opinión, en los que valora los acontecimientos del 1-de octubre en Barcelona.

La democracia española acaba de perder la inocencia. No hay nada en la vida evolucionada comparable a la inocencia salvo la lealtad. La democracia española ha sido hasta ayer, día en que perdió la virginidad, tan inocente como esas muchachas y muchachos quinceañeros que se abren a la vida entre requiebros y promesas de paraísos únicos y maravillosos de por vida, y van descubriendo a base de tropiezos que la realidad de los comportamientos es mucho más dura que la de los sueños.

 



Tan inocente, que como quinceañeros fuimos todos ilusionados a ella, los de derechas y los de las izquierdas, dejando atrás injusticias, dolor y resentimientos de años.

 

 

Tan inocente, que confundió territorios con ciudadanos y permitió fueros que consolidaron una desigualdad que antes no existía.

 

 

Tan inocente, que permitió niveles de autogobierno en las comunidades autónomas a cambio de votos, que en vez de reforzar la lealtad y la fuerza de la nación han fomentado la traición y la debilidad.

 

 

Tan inocente, que entregó al sector privado, muchos de ellos hoy independentistas, un emporio de riqueza de empresas públicas creadas con el esfuerzo de nuestros padres y abuelos.

 

 

Tan inocente, que permitió la corrupción a todos los niveles y el enriquecimiento como nunca antes había existido, ante la pasividad general y la locura colectiva.

 

 

Tan inocente, que permitió que la escuela y la ciencia españolas fueran suplantadas por modelos educativos más políticos que cientificos, y la universidad española, una de las más antiguas del mundo, ocupada por aduladores, maniobreros y mediocres, en vez de por intelectuales y auténticos sabios elegidos por oposición.

 

 

Tan inocente, que ha permitido que la esfera pública, el foro de debate de las cosas que interesan al ciudadano, haya sido ocupado por alcahuetes y celestinos que introdujeron en ella la ira y la maledicencia, olvidando los problemas de los mineros, de los pescadores, de los hombres del campo, del cambio climático, de la competencia tecnológica, del empleo de nuestros jóvenes, del necesario regreso de los que emigraron, etc. Para qué seguir.

 

 

Ayer, nuestra joven democracia despertó a la realidad y tiene dos caminos: el suicidio, que es lo primero que les viene a la cabeza a jóvenes, o replantearse el camino, que no los ideales, desandarlo y enmendarlo.

 

 

Por desgracia para todos, si el Rey no lo remedia, la guerra civil ya ha comenzado en Cataluña, será una guerra de estrategias, comercial, de muchos videos y selfies, mediática, de enfrentamientos sin sentido y desproporcionados, arruinadora como todas, una guerra larga que amargará a los que la han provocado y a los que la sufrirán en mayor medida, y que como todas las guerras solo dejará jirones de dolor y odio. La peor de todas las guerras, la guerra entre hermanos.

 

 

Pero ojo, no culpemos a nadie: Todos los españoles somos culpables porque nos hemos portado como quinceañeros.

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