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DESDE EL CAÑAVERAL
Lunes, 8 de enero de 2018
DESDE EL CAÑAVERAL

El Nacionalismo no Independentismo.

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El Nacionalismo no es el despertar de las naciones hacia su conciencia propia: Inventa naciones donde nos la hay dice Ernest Gellner. Hoy, uno de los graves problemas que tenemos en España es sencillamente: ese, el nacionalismo creador de naciones, donde nunca antes las hubo, y siendo esto  de por sí un tremendo problema el tema alcanza tintes terribles cuando la creación de nuevas naciones, dentro de España, es compartida por algunos políticos iluminados, especialmente de la izquierda española, que, sin ningún motivo aparente, se lanzan al ruedo de la desestabilización política poblando de naciones  el territorio español del norte y nordeste fundamentalmente. De tal manera, que casi toda la cornisa norte, para estos políticos analfabetos, se compone de naciones inventadas y creadas por la imaginación onírica del ímpetu satisfactor  de voluntades.

La I Guerra Mundial marcó un antes y un después en la  destrucción definitiva de los muchos estados multinacionales que existían o mejor coexistían  en Europa y  algunos en el mundo. Así prácticamente desapareció el imperio Otomano el imperio Austrohúngaro y  algo parecido ocurrió con Rusia, dando lugar a lo que hoy llamamos estado- nación y, de alguna manera, construyendo el puzle  de las naciones actuales. No debemos olvidar que los países, los imperios eran propiedad patrimonial de los reyes o emperadores que podían repartir sus posesiones entre sus hijos o como estimaran pertinente.

Así pues el nacionalismo, como ideología y movimiento sociológico surge al mismo tiempo que el concepto de nación y es propio de la Edad Contemporánea y se desarrolla en unas circunstancias históricas muy concretas en la era llamada de las Revoluciones industriales, burguesas liberales hacia finales del siglo XVIII, y nace como un sentimiento de pertenencia a la propia nación muy identificable con los valores propios del patriotismo o al menos muy identificado con este concepto de amor hacia una propia identidad de pensamiento, de religión de cultura y de habla. El término identidad es un concepto que experimentan colectivamente un gobierno, una nación, una sociedad o un territorio y que puede proceder del nacionalismo romántico entorno a un movimiento cultural, artístico, de amplia extensión temporal y conceptual propio del siglo XIX con una adoración, si cabe mayor, a los signos étnicos y diferenciales; este nacionalismo es hereditario y debe ser protegido  de una generación  a la siguiente.

En definitiva el nacionalismo basado en la etnia casi siempre es centrífugo o desintegrador y busca la secesión de una parte del territorio en el que se encuentra ubicado. Su nacimiento podríamos situarlo entre el siglo XIX y principios del siglo veinte  y posee unos rasgos que le son muy específicos porque están basados en el nacionalismo romántico con un gran sentimiento cultural de amor, casi religioso, a sus costumbres, a su lengua, a su tipología social superior y a su localismo excluyente, de tal manera que uno se integra en este nacionalismo o por el contrario es despreciado por la sociedad nacionalista. Claros ejemplos en España los tenemos en el Nacionalismo Vasco y el Catalán convertidos en religiones de adoctrinamiento social entorno a su cultura y a su forma de entender la vida. Decía William T. Cavanaugh que el nacionalismo se clasifica como religión debido a su exclusividad. Este es el grave problema del nacionalismo porque no son capaces de reconocer los valores y capacidades del otro, para ellos la bondad, el bienestar, la riqueza y la solidaridad solamente nacen y se desarrollan  si uno pertenece a su etnia, trasmitida de generación en generación, o asumida por conversión.

Es evidente que todos tenemos muchos rasgos nacionalistas por el mero hecho de pertenecer a una nación-estado y aglutinarnos entorno a unos valores, creencias, normas de convivencia, rasgos diferenciadores, elementos ecológicos y geográficos comunes o aceptados como comunes desde el momento que nacemos en un pueblo, en una capital y pertenecemos a una comunidad, integrada en una nación, y defendemos como propios esas identidades pero, al mismo tiempo, somos capaces de asumir otros nacionalismo económicos, religiosos, románticos o banales correspondientes a las sociedades contemporáneas mucho más abiertas a las relaciones internacionales. Los conceptos de nación y nacionalismo son fenómenos construidos dentro de la sociedad: llamándolos Comunidades Imaginadas  dice Benedict Anderson.

La construcción de nuevas relaciones entre las naciones-estados, apostando por nuevos nacionalismos de tipo económico, social, cultural y hasta religioso, (este último excluyente en muchos territorios del mundo) se está de nuevo imponiendo y podríamos decir que están  naciendo imperios para competir con EEUU, con Japón, con China, con Rusia. El nacionalismo de nación-estado, no cabe duda, que está cediendo al nacionalismo de Continente como ocurre aquí en Europa. Pero también es cierto que el nacionalismo económico obra con fuerza en defensa de los intereses propios de una nación como ocurre en Argentina con YPF, en Chile con la nacionalización del cobre, en México con la nacionalización del petróleo en 1938 o la nacionalización del Canal de Panamá.

         En estos momentos tienen, de nuevo, cierto auge los nacionalismos de izquierdas o también llamados populares cuyos objetivos se apartan de las grandes visiones sociales del mundo para defender el nacionalismo económico de estado, la justicia social, la soberanía popular y la autodeterminación de los pueblos que componen las naciones actuales. En definitiva podemos comprobar que hay dos grandes fuerzas sociales, económicas, culturales, aquella que aspira a la globalidad y aquella otra que se refugia en la aldea o en la cabaña.

Parece que en estos momentos de grandes inventos, de grandes descubrimientos inteligentes, apostar por unas relaciones mundiales justas y solidarias debería tener más futuro que volver al sincretismo y al ostracismo  propio de otros siglos. Hay autores, para los que el nacionalismo es el elemento que produce todos los males que hoy padece el ser humano y si no somos capaces de erradicarlo tendremos graves problemas. José Luis Borges dice: El nacionalismo es el canalla principal de todos los males: Divide a la gente, destruye el lado bueno de la naturaleza humana y conduce a la desigualdad en la distribución de las riquezas.

 Debería quedar claro que nacionalismo no es sinónimo de independentismo. Solamente el nacionalismo centrífugo o desintegrador, basado en la etnia, tiene como máxima aspiración la secesión del territorio donde se ubica  la nación a la que pertenece y evidentemente cambiar esta mentalidad no es fácil porque como hemos señalado este nacionalismo es romántico y semejante a las religiones y por lo tanto excluyente. La regulación de los sentimientos y de las emociones así como su cuantificación se me antoja difícil y casi imposible porque no sabemos cuánto y con qué intensidad un catalán o un vasco quieren a su territorio y si ese sentimiento es mayor  o más intenso que el que siente un castellano, un andaluz, o extremeño por el suyo, ahora bien, el independentismo, como movimiento mundial de autodeterminación de los pueblos, si tiene una clara regulación internacional perfectamente definida por  la Resolución 1514 de la ONU. Todo intento encaminado a quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los propósitos de la Carta de las Naciones Unidas.

        

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