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Rafael Castellanos
Lunes, 6 de agosto de 2018
El COLOR DE LA MAÑANA

LA BUSQUEDA

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Se levantó igual que se levantaba cada mañana. Sin pena ni gloria. Como algo mecánico. Desayunó y se duchó. Se miró en el espejo. Vio lo mismo de siempre, lo mismo que veía cada mañana.

Se asomó por la ventana buscando lo que estaba buscando desde hacía tiempo atrás. Nadie había.

Bajó a la calle para seguir buscando. Nada de nada. Llegó al viejo parque del barrio y allí sí que había gente. Preguntó pero nadie le daba norte.

Los niños que, allí alegres jugaban, lo tomaron por loco. Tenía los ojos desorbitados.

Preguntó a la tierra, al aire, al cielo.

“Creo que tendré que hacer ese viaje que llevo pensando desde hace tiempo” pensó. “Me iré volando, si fuera preciso. Tengo que seguir buscando.”

Estaba harto del mundo en el que vivía; un mundo de odio, de rechazo, de malas caras…  en ese momento tomó una decisión. Por eso quería y necesitaba seguir buscando.

Subió a casa y abrió la ventana de par en par. El aire entraba en forma de brisa, dándole en la cara. Se echó al vacío y movió sus alas. Podía volar.

Voló, voló, voló… buscaba, buscaba, seguía buscando…

Al cabo, llegó a aquel paraíso donde el agua del mar era de color turquesa, donde el sol irradiaba su sonrisa, donde su cuerpo se tornaba en color dorado.

Podía sentir cómo el aire limpio de aquel lugar llenaba sus pulmones. Miró al horizonte y el agua de la mar se juntaba con el sol, entonces lo vio claro. Lo entendió todo.

Las criaturas de la mar salieron a su encuentro y, entre ellas, la encontró.

Las siguió, se sumergió en el agua con ellas y allí, en lontananza, donde el agua del mar se juntaba con el sol encontró la felicidad, la misma que llevaba buscando desde la niñez.

“Ha merecido la pena esperar y buscarla durante tanto tiempo.” Se dijo. “La felicidad estaba aquí y era esto.”

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