El paratriatleta José Antonio Ruiz Fernández, del Club Deportivo Adaptado Puertollano, sigue demostrando que la constancia, el sacrificio y la ilusión no entienden de límites. Lejos de conformarse con los éxitos logrados durante la presente temporada, el deportista puertollanense continúa sumando kilómetros, experiencias y grandes resultados en algunas de las pruebas más exigentes del calendario nacional.

Hay ocasiones en las que el deporte pone a prueba mucho más que la condición física. En apenas siete días, José Antonio Ruiz Fernández vivió dos experiencias completamente opuestas que resumen a la perfección la esencia del triatlón: la dureza de aceptar una retirada cuando la salud está en juego y la satisfacción de volver a levantarse para cruzar una línea de meta.

El primer capítulo se escribió en Berga (Barcelona), donde el Half Triatló volvió a reunir a cientos de deportistas en uno de los recorridos más exigentes del calendario nacional. El espectacular entorno del Prepirineo catalán ofrecía un desafío de primer nivel: 1.900 metros de natación en el embalse de La Baells, 90 kilómetros de ciclismo con más de 1.500 metros de desnivel positivo por las carreteras del Berguedà y una media maratón final por las calles de la localidad.

Pero la naturaleza decidió endurecer aún más la prueba. La intensa ola de calor que afectaba a Cataluña obligó a la organización, siguiendo la recomendación de los servicios médicos, a reducir el segmento de carrera a pie hasta los diez kilómetros para minimizar los riesgos derivados de las altas temperaturas.

Como si eso no fuera suficiente, la competición comenzó con un incidente inesperado. Una ligera brisa desplazó las boyas del circuito de natación y numerosos participantes recorrieron varios cientos de metros adicionales antes de que el recorrido pudiera corregirse. El desgaste físico apareció mucho antes de lo previsto.

José Antonio salió del agua con cerca de 2.100 metros recorridos y afrontó después un durísimo sector ciclista de montaña. El calor fue aumentando con el paso de los kilómetros hasta convertir cada ascensión en un ejercicio de supervivencia.

Después de acumular más de 92 kilómetros de esfuerzo, llegó el momento más difícil de la jornada. Escuchar al cuerpo. Renunciar al dorsal. Aparcar el orgullo.

Antes de comenzar la carrera a pie, José Antonio tomó una decisión que ningún triatleta desea tomar: retirarse para preservar su salud.

Poco después recibiría una segunda noticia igualmente amarga. La organización le comunicó que también había quedado fuera por superar el tiempo de corte y que sus registros no aparecerían en la clasificación oficial, una decisión que el deportista considera injusta al entender que la incidencia sufrida durante la natación condicionó el desarrollo normal de la competición. La prueba, organizada por una empresa privada y al margen de la Federación Española de Triatlón, carecía además de jueces federativos, siendo la propia organización la encargada de resolver todas las incidencias.

La decepción era inevitable. Meses de entrenamiento terminaban sin la recompensa de cruzar la meta. Sin embargo, el deporte siempre ofrece una segunda oportunidad.

Apenas una semana después, alternando sus vacaciones con los entrenamientos, José Antonio puso rumbo a Astudillo (Palencia), una pequeña localidad que se ha convertido con el paso de los años en una cita imprescindible de su calendario.

Allí le esperaba un escenario completamente diferente

El Triatlón Olímpico de Astudillo, organizado por el Club de Triatlón Astudillo y supervisado por los jueces de la Federación de Triatlón de Castilla y León, volvió a demostrar por qué es una de las pruebas más queridas por quienes la disputan. Un evento cuidado hasta el último detalle y donde todo un pueblo se vuelca con los deportistas.

A las cinco de la tarde comenzaba la competición con 1.500 metros de natación en el río Pisuerga. Después llegarían los 40 kilómetros de ciclismo en modalidad sin drafting, donde José Antonio volvió a exhibir un gran nivel sobre su bicicleta de contrarreloj, alcanzando velocidades cercanas a los 48 kilómetros por hora en el recorrido entre Astudillo y Palacios del Alcor.

Quedaba el último examen: diez kilómetros de carrera a pie bajo un calor sofocante.

Esta vez no hubo dudas

Cada zancada acercaba un poco más la recompensa que Berga le había negado apenas unos días antes. Entre los aplausos de los vecinos, el sonido de la música repartida por el recorrido, las duchas improvisadas, las mangueras con las que los voluntarios refrescaban a los participantes y unos avituallamientos impecables, José Antonio encontró ese impulso extra que tantas veces marca la diferencia.

La línea de meta apareció finalmente tras 2 horas y 54 minutos de esfuerzo. No era solo una medalla más. Era la confirmación de que la mejor victoria había llegado mucho antes, cuando decidió escuchar a su cuerpo en Berga para poder volver a competir una semana después.

Porque el deporte también consiste en saber parar

Y porque, a veces, la mayor fortaleza no está en terminar una prueba a cualquier precio, sino en tener el coraje de retirarse para regresar más fuerte.

José Antonio Ruiz volvió a demostrar en Astudillo que las derrotas solo son definitivas cuando uno deja de intentarlo. Él eligió volver a ponerse un dorsal. Y esa fue, sin duda, su mejor victoria.

Pablo M

Por Pablo M

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