Soy consciente que formular una estrategia general en la política económica para la conducción más adecuada de un país supone para cualquier gobierno el gran desafío. Diseño y ejecución han de ir de la mano, pero llevarla a la práctica es, sin duda, tarea compleja y difícil por tratarse de un elemento central de la política propiamente dicha.
Son numerosos los objetivos que se persiguen y al mismo tiempo contradictorios entre sí, lo que requiere trabajar coordinada y coherentemente para garantizar que las medidas que se vayan a aplicar consigan los resultados que se desean. La política monetaria puede generar efectos sobre el crecimiento o la inflación, la política fiscal puede tener efectos sobre la actividad empresarial o la política comercial efectos sobre los ingresos del Estado, si a esto le añadimos una eficacia productiva que garantice el crecimiento económico y el empleo, equidad distributiva, estabilidad del sistema económico que prevea los cambios cíclicos e inflacionistas y sostenibilidad que no pongan en riesgo a las generaciones futuras, nos encontramos que algunos de los objetivos si bien son complementarios, unos pueden dificultar la consecución de los otros.
Tengo claro que el mercado por sí solo no se regula, en contraposición a la teoría neoliberal, el libre juego del mercado provoca desigualdades económicas, el Estado debe corregir esas desigualdades, transmitir confianza a la sociedad y demostrar que su política económica se basa en un programa coherente cuyo objetivo final es satisfacer las necesidades colectivas (es la base de la economía) en aras del bienestar social y no en términos partidistas.
Alguien me preguntó hace algún tiempo si era lo mismo la política económica que la economía política, por haber escuchado en televisión un término y otro. Como la consulta la realizó mientras esperaba en la parada de autobús para marcharse a su lugar de trabajo, le puse un ejemplo lo más didáctico y rápido posible teniendo en cuenta el escenario callejero ante la presencia de testigos involuntarios: la economía política no aplica nada, su función es estudiar y analizar el comportamiento humano en temas de economía, mientras que la política económica, en base a los análisis empíricos realizados por la economía política toma las decisiones oportunas para modificar ese comportamiento humano y tratar de encontrar unos determinados resultados.
Debió entenderlo a pesar de lo farragoso del tema, porque no volvió a preguntar.
Surge de inmediato una cuestión: ¿se puede planificar la política económica sin Presupuestos Generales del Estado? En principio sí, con la prórroga de los mismos. Pero nos encontramos con no pocas limitaciones de tipo grandes inversiones, reformas fiscales que necesitan obligatoriamente una asignación presupuestaria específica, poca capacidad para estimular el crecimiento económico, actualizaciones de pensiones, salarios públicos, etc. Sí, algunas cuestiones se solventan con ajustes menores a través de decretos-leyes.
Hemos de entender que la prórroga de los PGE es solo una solución temporal, no como si se tratara de un plan establecido, de ser así la incertidumbre que origina sería monumental. Si hablamos que la política económica deber ser activa y transformadora, difícilmente se conseguirá sin PGE.
En nuestro país llevamos tres años sin presupuestos, tal vez los responsables se hayan propuesto la situación como un plan a largo plazo habida cuenta de la falta de apoyo parlamentario para su aprobación.
Craso error. Una situación excepcional nunca puede convertirse en norma.
Félix Calle. Doctor en Economía y Empresa.
