Cuando al escritor Alejandro Sawa, bohemio hasta la muerte, por algo le conocían como “el príncipe de los bohemios”, quisieron atraerle los políticos ofreciéndole ser Gobernador, Ministro o Diputado, él lo rechazó todo argumentando que “eso está al alcance de cualquier cretino”.
Nunca puso su pluma al servicio de ningún político y, como digo, rechazó cualquier ofrecimiento público hasta sus últimas consecuencias. Entendía que bohemia y política era una aleación difícil de cuajar, especialmente en un momento romántico asociado a un entorno modernista liderado por la economía liberal.
No pretendo defender ni defenestrar la bohemia, el interés de estas letras se centra en el cambio de criterio de una postura radical, como es la bohemia, de aquellos que antaño iban declarando “su bohemia” en salones y círculos afines porque era el momento y lugar hasta terminar tomando el sinuoso camino hacia las instituciones. De ahí que nos encontremos con personajes, conocidos por todos, que han pasado de ese mundo idealizado, anti materialista, anti sistema, sin posibilidad de establecer un equilibrio entre su labor y sus ganancias, que en un momento de “lucidez cósmica” se enfrentan con la realidad y entienden en un ratito lo encantados que iban a estar teniendo un sueldo mensual fijo a costa del Estado. Se acabó el hambre y el frío guiado por su idealismo. Ya no se aborrece la burocracia, la burguesía ni los convencionalismos.
Nos acaban de anunciar la convocatoria de nuevas elecciones. Bohemios de verdad que pudieran dar el salto institucional abandonando a su suerte el idealismo, ya no quedan. Salvo los de salón, los arribistas.
Al menos Alejandro Sawa fue honesto consigo mismo, ahora se entiende por qué murió en la más absoluta indigencia.
Félix Calle. Doctor en Economía y Empresa.
