El solsticio de verano en la llanura del Campo de Calatrava posee una paleta cromática y sensorial que los hombres y mujeres de la comarca conocen bien. Es el tiempo exacto en que el amarillo absoluto reclama el paisaje tras la siega, dejando el bálago —ese rastrojo crujiente— tendido sobre la tierra, desprendiendo un aroma punzante a primera hora de la mañana cuando el ambiente se refresca con el sutil relente manchego. En ese preciso instante de la tarde-noche en que el sol se hunde tras los cerros volcánicos y el viento concede una tregua calurosa, el municipio de Granátula de Calatrava suspendió el tiempo.

El pasado 23 de junio, coincidiendo con la víspera de la mística Noche de San Juan, las puertas de piedra del cementerio municipal se transformaron en un atrio para la memoria colectiva. Allí se celebró el recital poético-musical «Palabras a la muerte», un encuentro concebido minuciosamente desde la pequeñez, el recogimiento y la estricta sensibilidad. El evento supuso una comunión perfecta entre la tradición purificadora del fuego y el respeto reverencial a los antepasados, demostrando que la palabra empeñada es capaz de romper los muros del olvido y dotar de un sentido histórico a la noche más corta del año.

El acto comenzó en el umbral del crepúsculo con las palabras de bienvenida de la alcaldesa y poeta local, Yolanda de la Cruz. Dirigiéndose de manera horizontal y afectuosa a sus vecinos, vecinas, y al cuerpo de poetas y poetisas —mencionando de forma expresa a sus compañeros de organización, el editor Julio Criado y el escritor Luis Díaz-Cacho—, De la Cruz hilvanó con destreza el significado antropológico de la fecha con la geografía física del camposanto.

«La noche de San Juan no es una noche cualquiera», reflexionó la alcaldesa, «es la noche más corta, la noche en la que el fuego purifica y el agua bendice. Porque la noche de San Juan es vida, es hoguera, es saltar para dejar atrás lo malo y un cementerio como en el que nos encontramos, es memoria, es silencio y es raíz«.

Con esta premisa, justificó el hermanamiento de ambos conceptos opuestos el de hacer que el fuego del solsticio ilumine también a los que ya no habitan el plano físico. Con un tono firme, despojado de dramatismo, pero profundamente conmovido, De la Cruz insistió en que el propósito de la cita no era la elegía lacrimógena o el llanto estéril, sino el recuerdo digno, la presencia y la gratitud histórica, «Hoy no venimos a llorar, hoy venimos a recordar, a decirles a nuestros seres queridos desde el respeto y el amor que seguimos aquí, que el pueblo por el que ellos lucharon sigue latiendo, que no se apagó la luz».

A través de la evocación directa de los versos de Antonio Machado («Caminante son tus huellas, el camino y nada más. Caminante no hay camino, se hace camino al andar»), rindió homenaje a las generaciones pretéritas que moldearon el Granátula contemporáneo con «sus manos, con su hambre, con sus miedos y con su esperanza», levantando casas donde solo había piedra ruda y abriendo surcos en la aridez de la tierra seca. Antes de dar paso a los creadores, la alcaldesa lanzó una proclama cargada de misticismo y compromiso civil, advirtiendo sobre el peligro de despojar a las tradiciones de su trasfondo humano, «Sin memoria, el fuego sólo quema. Con memoria, el fuego ilumina. A nuestros abuelos, a nuestros padres, a los que se fueron demasiado pronto (…). Que sepáis que Granátula no os olvida«.

Juglares

Tras la intervención de la edil, tomó el testigo Luis Díaz-Cacho, miembro destacado del Grupo Oretania y coordinador del recital. Díaz-Cacho comenzó su alocución elogiando la sensibilidad lírica de la alcaldesa y su gestión al frente del municipio, introduciendo una reflexión sobre la ética en la función pública, «Querida alcaldesa, tenemos que decir (…) que la política, como siempre hemos dicho, que la política no nos cambie. Que no te cambie. Que sigas siendo la persona que siente, que quiere a sus vecinos, que trabaja por ellos. Que promueva cultura, que está haciendo de Granátula de Calatrava un referente cultural«.

Díaz-Cacho reivindicó la labor de las letras independientes en la provincia, comparando su labor itinerante junto al editor Julio Criado con la de los antiguos juglares que recorren las plazas de forma altruista, generosa y desinteresada. Recordó que los lazos culturales con Granátula se vienen fortaleciendo aún más con Yolanda de la Cruz ejerciendo como responsable de Cultura, una alianza que ha permitido asentar la poesía en espacios singulares de la localidad. De hecho, aprovechó la coyuntura para adelantar los preparativos de la próxima gran cita estival, el encuentro que tradicionalmente celebran a finales del mes de agosto frente al atrio y el pórtico de la Iglesia de Santa Ana, donde saldrán a la luz los textos de la producción editorial más reciente del Grupo Oretania de Poetas.

El coordinador contextualizó el origen del libro antológico ‘Palabras a la Muerte’, presentado originalmente en San Carlos del Valle y firmado por 17 poetas de la provincia de Ciudad Real, destacando que el volumen explora la vida y la muerte como realidades indisociables e intrínsecamente unidas. Asimismo, detalló que la última obra del grupo, ‘Palabras para la Paz y para la Vida’, vio la luz el pasado 21 de marzo en Villamanrique, consolidando un proyecto que busca llevar la alta cultura y la palabra a los pueblos más pequeños de la geografía manchega, allí donde las corrientes institucionales rara vez llegan.

La música en riguroso directo fue el hilo conductor que estructuró la tensión emocional de la velada. El encargado de abrir la sección melódica fue un virtuoso cuarteto de trompetas de la localidad, integrado por los músicos locales Félix, Luis Miguel, Esteban y Santiago. Su primera pieza fue el solemne canto litúrgico ‘Cerca de ti, Señor’, cuyas notas solemnizaron el ambiente mientras el sol terminaba de ponerse sobre la llanura.

Luis Romero de Ávila

A continuación, Díaz-Cacho dio paso a la primera ronda de lecturas líricas, concebida para tres voces diferenciadas. Romero de Ávila inauguró el escenario definiendo el perímetro del cementerio como un espacio sagrado «donde el amor y la muerte se dan la mano». Invocando el célebre verso de Miguel Hernández en su ‘Elegía a Ramón Sijé’ («temprano levantó la muerte el vuelo, temprano, muy temprano»), desgranó una serie de sonetos clásicos de impecable factura formal donde exploró la pérdida íntima y el luto. En su primera pieza, titulada ‘Cantos de sirena’, el poeta describió la desolación del entorno, «Mirando alrededor he comprobado un silencio de amor. Quisiera verte y un soplo divino devolverte la vida que la muerte te ha quitado».

A través de un ritmo pausado, Romero de Ávila transitó de la desesperación a la resistencia mística, asegurando que en el ventrículo del corazón el ser querido permanece en absoluta libertad frente a la melancolía. En su segundo soneto, el autor reivindicó la forja del tiempo, el llanto y la espera como elementos de una «quimera» que se niega al olvido. Pintó una conmovedora estampa poética donde la paz cruza del alma al corazón y dibuja la primavera «en la otra acera», concluyendo que, a pesar del vacío físico, en el universo lírico «queda un amante, un amante y otro amante y un abrazo y un beso y otro beso. Y nada más queda». Su intervención cerró con un desgarrador reproche lírico ante la presencia de los cipreses municipales, firmando una promesa de unión final con la amada ausente, «Se queda una pregunta conmovida en brazos de la muerte y en mi vida un silencio dormido se estremece cuando miro y no estás (…). Desenreda esta pena que tengo. ¿Ves? ¿Ves mi amada? Me iré contigo, contigo cuando pueda».

Antonia Piqueras

Antonia Piqueras tomó el relevo agradeciendo la valentía de organizar un acto en un entorno tan inusual, defendiendo su estricta necesidad humana. Leyó en primer lugar su poema ‘Rosas blancas’, un texto de corte existencialista nacido de una profunda reflexión personal sobre cómo desearía afrontar su propio tránsito final. Piqueras desarmó el miedo gélido a la muerte, proponiendo abrirle la puerta con una sonrisa consciente tras haber «exprimido los segundos» y agotado el perfume de una vida plena. Su poética se volvió marcadamente sensorial al exigir que su despedida esté gobernada por la fragancia y la luz. «Cuando llegue ese día rodeadme de rosas blancas que sean blancas las rosas que perfumen el aire que no respiraré (…). Sus pétalos serán vestidos blancos para el alma que busca la luz y al entrar en el sueño eterno resplandezca en la oscuridad». El uso del color blanco y el aroma funcionó como un bálsamo lírico para subvertir la tradicional oscuridad de los sepulcros.

Posteriormente, Piqueras dio lectura a ‘Centinela’, un poema de hondo calado emocional escrito en la intimidad y el impacto de un tanatorio tras la pérdida de una persona joven. El texto se erigió como una insurrección contra las leyes de la biología. «Aunque la muerte nos haya privado de tu presencia, de tus palabras, risa y encanto, no nos privará de tu recuerdo«. Piqueras concluyó su intervención ofreciendo a los vecinos una metáfora reconfortante para la noche de San Juan, invitándolos a buscar el reflejo de los ausentes en la inmensidad del firmamento, «Al llegar la noche y contemplar el firmamento te buscaremos entre las estrellas tu luz iluminará nuestro camino tú serás una centinela más de la vida».

Juan José Guardia Polaino

El primer bloque fue clausurado por la fuerza expresiva de Juan José Guardia Polaino, quien rompió el tono elegíaco inicial con una letanía desgarradora y de profunda memoria histórica, que funcionó como un recordatorio del dolor fratricida y la fragilidad humana. A través de potentes metáforas de corte bélico y telúrico, Guardia Polaino instó al público a contemplar el abismo de la violencia civil y el exilio interior, advirtiendo sobre aquellos días oscuros donde «los caminos se manchan de azules camisas antiguas y cobardes» y «es el hacha y no el leñador quien crece y tala». Con una cadencia salmódica que erizaba la piel a las puertas del camposanto, el poeta desnudó la desolación de una época en la que el pecho se vuelve diana de negros crespones, obligando a los presentes a mirar de frente el vacío de la ausencia divina y el asco que sitia el corazón de los hombres.

Tras el eco de las trincheras y el luto, Guardia Polaino moduló su voz hacia un misticismo clásico de corte rituálico, transformando la velada en un tránsito sagrado hacia la otra orilla de la existencia.Invocando la sombra de Caronte con un lenguaje hermético y purificador, el autor exhortó a la audiencia a despojarse de las vanidades terrenales para afrontar el viaje definitivo, sentenciando que «es necesario que la plata nos cubra los ojos o la boca» y que debemos subir a la barca «desnudos de Oropel». Esta segunda composición funcionó como un bálsamo necesario frente a la tragedia previa, un pacto sereno con el barquero que logró rescatar la dignidad de los caídos y suspender, al menos por una noche, el aullido infinito y ancestral del olvido.

El intermedio musical de este bloque corrió a cargo del cuarteto de trompetas, que ejecutó una limpia e imponente versión instrumental del ‘Ave María’ de Franz Schubert, cuyas notas flotaron sobre las lápidas y los muros mientras la noche iniciaba el cierre de sus puertas. La segunda ronda de intervenciones ahondó en las heridas de la memoria histórica, familiar y mítica de la comarca del Campo de Calatrava.

Luis Díaz-Cacho

Luis Díaz-Cacho regresó al atril para compartir una de las páginas más dolorosas y descarnadas de su biografía familiar a través del soneto ‘Has llegado temprano a tu destino’. El poema está dedicado de forma directa a su hermano, fallecido décadas atrás en el contexto de la crisis de la heroína de los años ochenta. Díaz-Cacho contextualizó la obra recordando aquellos «años ochenta terribles de la droga, años vertiginosos donde muchos de nuestros jóvenes entraron en este mundo del que no se salía». El soneto contrastó de manera magistral la inocencia de la infancia rural con la tragedia de la adicción. «Con un trozo de pan entre las manos y la tarde tendida en nuestra espera derrochábamos sola la carrera jugando nuestros juegos a ser hermanos».

Acto seguido, el autor leyó una composición lírica escrita ex profeso para esa noche de San Juan en Granátula. En ella, Díaz-Cacho utilizó los elementos purificadores de la flora y la botánica autóctona manchega (el tomillo ardiente, el romero espeso de los años, la lavanda lamiendo las heridas del dolor ajeno) para armar una gran pira metafórica dentro del cementerio, con el fin de purificar el alma y «quemar todo lo viejo». Su voz abandonó el tono íntimo para transformarse en una contundente proclama social y política, exigiendo que las llamas del solsticio consuman las grandes lacras contemporáneas; «Que se lleven las llamas, los odios y las guerras, las envidias y los genocidios, los fratricidios y las violencias de género; que ardan rápidamente en el fuego los rencores antiguos y el agua nos purifique en los meses venideros con el poema en los labios».

José Vicente García

Uno de los momentos más significativos de la noche ocurrió cuando la alcaldesa, Yolanda de la Cruz, volvió a asumir el atril para prestar su voz a José Vicente García, un autor local cuya timidez le impidió recitar en público, una muestra de camaradería que De la Cruz justificó bajo el lema «estamos entre amigos». El poema de García, titulado ‘Ecos del destierro’, introdujo una atmósfera de romanticismo gótico puramente manchego, rescatando la impronta arqueológica y mítica de los cerros de la zona.

A través de la lectura de De la Cruz, los versos de García describieron una estampa crepuscular sobrecogedora, «La noche derramó su negra sangre sobre las piedras muertas del sendero. El viento abrió los labios de la tierra y despertó los ojos del destierro». El texto avanzó describiendo un cerro antiguo coronado de niebla y agonía, cuervos velando sombras bajo la luna sombría y campanas enmudecidas por el temor. El clímax de la obra rescató el mito local de «la encantada», una figura espectral, errante y vestida con sudarios de silencio cuya voz es un lamento entre las ruinas y cuyo nombre es una herida en el recuerdo. La lectura fue recibida con una ovación cerrada dirigida a García, presente entre el público.

Yolanda de la Cruz

Para clausurar el turno de intervenciones, la propia Yolanda de la Cruz se arriesgó con un texto de factura propia titulado ‘Vuelve’, dedicado directamente a los familiares y seres queridos que descansan entre los muros de ese mismo cementerio granatuleño. Escrito desde una vulnerabilidad desarmante, el poema se planteó como un ruego lírico de desapego, invitando al ser amado a abandonarse al silencio absoluto y a la paz infinita, lejos del «ruido inmundo», de las «penas con cadenas» y de las «excusas del llanto».

El clímax emocional de la noche llegó cuando De la Cruz recitó, con la voz quebrada pero firme, los versos finales que encapsulan la paradoja del duelo y el desprendimiento amoroso.

«Déjame hacerte, amor, mi último acto de amor. Pedirte que sueltes mi mano, aunque mi alma te esté pidiendo que no. Y vive, vive cerquita de mi alma. Y vuela, vuela y acuérdate de mí en esa altura de esta noche que no acaba en la que mi alma, frente a ti, se desnuda».

El recital concluyó formalmente en la frontera de la noche con la interpretación del célebre ‘Aleluya’ de Leonard Cohen a cargo del cuarteto de trompetas, fundiendo la potencia del metal con el aplauso cerrado de los asistentes.

Diecinueve velas encendidas, diez a la derecha y nueve a la izquierda, abrían un pasillo de fuego hacia el infinito. Un camino central por donde las almas transitan «desnudas de Oropel». Bajo el amparo de la Noche de San Juan, este fuego purificador no solo contrarrestó aquel «bosque de fusiles malditos» evocado en los versos de Polaino, sino que clausuró el acto elevando la palabra poética a la categoría de rito, recordando a los presentes que, en el umbral del camposanto, la memoria siempre encuentra una llama que la rescate del olvido.

Antes de proceder a la tradicional foto de familia a las puertas del cementerio para inmortalizar a los participantes, Yolanda de la Cruz reiteró su profundo agradecimiento al Grupo Oretania, a Julio Criado, a Luis Díaz-Cacho por la impecable gestión organizativa, y al vecindario que arropó la propuesta con un silencio sepulcral. Tras recordar la invitación para el siguiente recital de poesía de finales de agosto en el atrio de Santa Ana, los vecinos se dispersaron hacia la localidad. En Granátula de Calatrava quedó demostrado que la poesía, cuando se arraiga con valentía en la memoria de un pueblo, es capaz de abrir grietas de luz eterna en la mismísima piedra de la muerte.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *