En ocasiones tomamos como referencia aquello que otros escribieron en su día, contaron alguna anécdota o desvelaron alguna vivencia, que a pesar del tiempo transcurrido no deja de ser botón de muestra que encaja en el ojal de nuestro día a día. Es curioso comprobar lo poco que han cambiado algunas cosas y los comportamientos de algunos personajes. Y la política no es ajena a todo ello.

En mis años de aficionado taurino, desvinculado actualmente desde hace más de una década (tengo razones para ello suficientemente fundamentadas), escuché de boca de profesionales del toro historias de todo tipo.

Una de ellas es la que se refiere a Juan Belmonte, matador de toros, que estando ya retirado fue invitado a un festival taurino en Huelva. El caso es que allí se encontraba el Gobernador Civil, Joaquín Miranda, quien fuera antaño banderillero del Pasmo de Triana. El acompañante del torero, preguntó cómo puede ser Gobernador tan rápido habiendo sido banderillero, a lo que Belmonte, parco en palabras provisto además de una notable tartamudez, le contesta: “Sí, de…de…degenerando”.

Por entonces, años 40, formó parte de la “sabiduría popular” la crítica enfurecida contra los arribistas políticos por ascensos inmerecidos, sin méritos ni preparación suficientes, lo que dejaba en evidencia la decadencia de más de una institución.

Si nos trasladamos en el tiempo, siglos I, II, III y IV a.C. los filósofos clásicos tenían claro que la política era una actividad noble, pero al mismo tiempo muy frágil y propensa a la degeneración que podría desembarcar en un sistema tiránico, oligarca y anárquico. Defensores, en general, por mantener la honestidad y de paso, combatir la degradación moral de su entorno. La política se degenera cuando no se trabaja por el bien común, decían, cuando los cargos públicos lo asumen aquellos designados por ser leales, fieles al presidente /monarca o jefe de grupo político, habiendo demostrado incompetencia suprema, sin considerar méritos o capacidad, cuentan con su sometimiento y aplauso en momentos álgidos del protector y afianzamiento de lealtades.

Refugio para gente incompetente, algunos de ellos parecen haber sido cogidos a lazo en plena noche en mitad de la sierra. Ejemplos hay en el ámbito regional y nacional.

Añado yo, ¿y si la nómina de estos individuos la pagara de su bolsillo el responsable de la designación arbitraria? La firme realidad, como si de un manojo de verdades se tratara es que tiran con pólvora del rey, es decir, con los impuestos de los ciudadanos y eso no es cosa meritoria, sino mala gestión de fondos públicos.

“El dinero público no es de nadie”, decía la ex ministra Carmen Calvo. Señora, el dinero público es de todos, valga la corrección.

Siglo XXI. Degenerando, degenerando.

Félix Calle. Doctor en Economía y Empresa.

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