En la política española existe una figura recurrente: el dirigente que no solo pretende representar a los ciudadanos, sino también explicarles por qué han votado mal. La democracia, según esta escuela de pensamiento, no es exactamente elegir, sino acertar… y acertar coincide curiosamente con su papeleta.
En esa tradición discursiva se sitúa Gabriel Rufián, que en su actual gira política parece haber descubierto que España no termina en el perímetro ideológico propio. Hay vida electoral fuera de la burbuja.
Lo llamativo no es el objetivo, sino el tono.
Porque una cosa es defender un proyecto político y otra distinta insinuar que millones de personas no saben lo que hacen cuando introducen su papeleta en la urna. España tiene un fenómeno aparentemente incomprensible: trabajadores, autónomos, jóvenes y jubilados votan a Partido Popular o a Vox sin consultar previamente a quienes creen representar su conciencia social.
La conclusión de cierta política moderna es sencilla: si coinciden contigo, ciudadanía crítica; si no coinciden, manipulación sociológica.
El planteamiento de reagrupar a la izquierda no es el problema. Todo partido intenta crecer.
El problema aparece cuando la sociedad se divide en dos categorías: el pueblo consciente y el pueblo que todavía no se ha enterado.
Así, millones de ciudadanos que votan a Partido Popular o a Vox no serían ciudadanos con criterio propio, sino ciudadanos pendientes de reeducación democrática.
La pedagogía política ha evolucionado mucho: antes se convencía, ahora se corrige.
Quizá antes de recorrer España explicando lo que necesita el país, convendría mirarlo. Mirar de verdad. No desde el plató, no desde la tribuna, no desde la frase pensada para viralizarse. Mirar la calle a las ocho de la mañana y a las once de la noche.
Porque España también es:
- quien duerme sobre cartones
- quien pide ayuda sin querer hacerlo
- quien trabaja y aun así no llega a fin de mes
- quien no sabe cómo dar de cenar a sus hijos mañana
Esa España no vive pendiente de batallas culturales permanentes ni de quién gana el trending topic. Vive pendiente de la compra del jueves.
Este país no necesita discursos épicos ni batallas culturales permanentes. Necesita soluciones concretas. Y sobre todo necesita algo muy simple: que no le utilicen como argumento retórico.
Existe una izquierda social, la real y otra izquierda estética, la representada.
La primera vive preocupada por pagar la luz y quiere soluciones. La segunda vive preocupada por ganar el debate moral y quiere relato.
Cuando la política se convierte en espectáculo, la pobreza pasa a ser argumento y deja de ser prioridad. Y entonces aparecen campañas pensadas para movilizar emociones, no para resolver situaciones.
El resultado es una política muy expresiva y poco resolutiva: muchas consignas, pocas soluciones.
El mapa político español lo deciden los ciudadanos, no los movimientos tácticos ni las campañas para hegemonizar un espacio ideológico. El país no es un tablero que ordenar desde la superioridad moral.
Pensar que media España está equivocada no amplía tu electorado: lo reduce.
Porque el votante puede cambiar de opinión, pero rara vez cambia de dignidad.
Una sociedad donde millones de personas votan distinto sin odiar a nadie, sin querer destruir nada y sin necesitar ser salvadas por ningún dirigente.
Pensar que la mitad del país está confundida es una forma elegante de no preguntarse por qué no te votan.
La política sencilla es señalar enemigos. La política difícil es resolver problemas.
La primera da titulares. La segunda da resultados.
España no necesita dirigentes que expliquen a la sociedad lo que debería pensar, sino dirigentes que entiendan lo que ya está pasando. Porque cuando la política se obsesiona con construir un relato sobre el pueblo, suele dejar de escuchar al pueblo real.
Y ese pueblo el que madruga, paga, aguanta y vota no pide sermones ideológicos.
Pide que alguien, por fin, gobierne pensando en él y no en quién gana el aplauso del día.
Joaquín G.Cuevas Holgado.

